domingo, 13 de diciembre de 2015

Trescientos setenta y cinco: Levels

Ella dice "levels" a propósito de la música que acaba de esfumarse de la habitación. Es una música que se siente a otro "level". De ahí en más, ésa será la palabra de la noche que ahí apenas empieza con todo. Luego ir al templo de la noche, donde otrora baile descontrolado en base a la playlist segura, lugar al que uno vuelve como remanso, con la tranquilidad de la fe.
Ni bien entramos, notamos cambios en el espacio que mucho no nos preocupan y el entusiasmo sigue ahí como un perro sediento en verano. Pero cuando empezamos a acostumbrarnos a mirar en esa oscuridad, reconocemos que muchas cosas han cambiado: camisas por demás. Preocupante. No importa, sigamos el ritmo de esta música. Y nos asimos de esa soga hasta que nos duelen las manos y otra vez, la música también ha cambiado. Último resto de esperanza. Otro "level". Nos sentamos en el hueco que deja una casa, mientras esperamos que algo dentro cambie, algo dentro nuestro, algo dentro de eso. Mientras esperamos que el sol salga, recorremos varias estaciones de servicio buscando medialunas y café cortado con poca leche, la medida justa, el auténtico café cortado. Ninguna se habilita ante nos. Se nos abre un portal 24hs., olor a salchichas y chucrut, reggeaton, pero medialunas ahí las vemos medialunas, la promo de 31 pesos. Engullimos. Todo se va poniendo a favor del sol. La dejo en su casa. El sol aparece delante del volante. Entiendo: el templo es el que abandonamos para irnos al que solía ser. El templo es el lugar donde la música suena a otro "level".

"Algo me está ben-diciendo"
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lunes, 12 de octubre de 2015

Trescientos setenta y cuatro: Pájara

El feriado que decidís reactivar tu cuerpo a las siete y cuarto de la mañana te levantás (te despertaste varias veces antes desconfiando del subconsciente) estás bastante mareada pero tenés el disco y te subís al auto y llegás justo a tiempo. Sincro. Te duele todo el cuerpo pero lentamente vas despejando las equis. Limpiás tu casa y en eso, te comés una estantería con la cabeza. El dolor se extiende sigiloso. Igual todo bien, fui a yoga, yo puedo con esto. Y te dormís una siesta superman. Y estás tan feliz con tu disco nuevo con tu amiga que vino de viaje, con las comuniones que parecían imposibles, cuando de repente, más de repente que otros de repentes, te golpea un auto y los ves, los ves irse, ves sus caras como burlescas y temerosas irse, su auto acelerar. Y te quedás ahí para siempre todavía. El corazón encogido como los niños que tienen frío. Hoy sos un pájaro caído.
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miércoles, 16 de septiembre de 2015

Trescientos setenta y tres: Capicúa bebé

Tengo un amor de dos meses que me mira con esos ojos como si el mundo fuera tan solo esa mirada y lo que mira. Yo tengo un amor que es suave y cachetón y cuando al agua sumergimos su cuerpo demasiado grande para las bañaderas de bebés, deja de llorar y abraza el agua, se ríe, renacuajito, se ríe mientras recibe el agua del jarrito y lo sobamos el pelo con jabón natural. Yo tengo un amor que cuando llora desespero pero sé que el mejor camino es poner un disco de Cateano o salir a pasear, porque las nubes y esos ojos se saben una misma cosa. Y cuando te miro, y cuando todo alrededor suena con música coral, sé que llegaste lleno de estrellas.
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domingo, 13 de septiembre de 2015

Trescientos setenta y dos: El insomnio magnífico

Dadas las circunsustancias palmé temprano, tras despedir a un desconocido que pasó por acá. Y me dormí profundo, sé que algo soñé, ahora no lo recuerdo bien pero a las cinco de la mañana desperté recordando que había dejado el auto en la calle. Dudé bastante de bajar y entrarlo al garage, temía desvelarme pero temía también no responder a la intuición. Y así fue, entré el carro y me desvelé y en el develo pude ver tantas cosas que es una maravilla ver el amanecer viendo una película del noventa y dos con juliette binoche y varios discos de spinetta con auriculares, uno tras otro en devoción, redescubriéndolo todo y buscando dónde comprar un microcomponente para que mi vida sea más perfecta inundada de música, llena de discos. Las personas te dejan deseos nuevos. Las canciones no se vencen.
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viernes, 11 de septiembre de 2015

Trescientos setenta y uno: wasabi

Si me dan elegir entre el picante de México y el de Japón, yo siempre voy a elegir el de Japón. Hoy vino mi amiga la dotora y dio la casualidad de que teníamos un mini proyector y muchas ganas comunes de comer sushi. Entonces, pedimos al delivery y buscamos una película con una baja dosis de ciencia ficción y una alta dosis de romanticismo y nos tiramos en el colchón a ver cómo la casa se hacía sala de cine y a la gata también le gustó el todoxdospesos. Se subió al cuerpo de una, luego de la otra para ver todo un poco mejor que nosotras. Cuando el timbre sonó, la comida estaba ahí y en el apuro del hambre, yo unté todas mis piezas con mucho wasabi y me las fui engulliendo como una desesperada, pero al mismo tiempo cada pieza, cada vez que entraba era un placer masticarla despacito y sentir cómo se te sube el rábano a la cabeza. De un momento a otro, estaba bastante atorada y excitada sensorialmente por el encanto de esa bolita de pasta verde. La doc pensó que yo iba a palmar ahí, extasiada como estaba, bastante asfixiada de picor. Pero no, la cosa se acomodó bien y prontamente nos sumimos en la espuma del colchón del cinema del hogar, el acolchado hasta la boca y el comentario breve pero atinado de dos a medianoche.
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martes, 8 de septiembre de 2015

Trescientos setenta: Florece

Allá por el 2009, la música vino y creí, espiritualmente creí en la música. Me envalentoné, quise correr carreras como un caballo domesticado quise correr y corrí más de lo que pude y cuando quise ver la música había quedado atrás y el deseo en la cueva caído, quedado. Hace un mes, desempolvé la herida y me besé las manos y abracé el piano y a cualquier hora, pianisimo y pedal, cabalgué otra vez el deseo otra vez. Me enchastré las manos de placer, me envolvió el sonido y el amor que le tengo, ese infinito celestial, esta locura que no conoce el tiempo, en la habitación a solas, en el magma de uno mismo, cuando desaparece todo y solo queda la música y solo quedás vos, este amor desmedido que te tengo, piano, este amor inefable no conoce palabras.
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lunes, 7 de septiembre de 2015

Trescientos sesenta y nueve: El alcaucil

Recién, mientras deshojaba un alcaucil, pensé: estoy así, llena de hojas duras por fuera, más blanda por dentro, algunas espinas que dejó esta vida vivida y un corazón en el fondo de todo eso sosteniendo ese pequeño árbol que es uno. Y me lo comí, hoja a hoja, raspando con los dientes, arrastrando todo lo que se puede. Uno se alimenta de lo que puede y así va desapareciendo.
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domingo, 30 de agosto de 2015

Trescientos sesenta y ocho: El ocaso de este agosto

Con la música klezmer doy la vuelta a la ciudad en el ocaso de este agosto, me despido de las cosas hasta las lágrimas. Creo en esta luna llena, llena de emoción, en las plantas que crecen con ese apuro primaveral que cataliza hojas y verdores nuevos. Espero las flores para septiembre y los nuevos germinadores con papel secante. Espero poder ver milagros de la flora de esta casa, voy a dormir unas horas, tan solo algunas para que septiembre me abra las puertas de nuevas cosas, me despido de este agosto cargado de esperanza.
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miércoles, 26 de agosto de 2015

Trescientos sesenta y siete: Cuando pienso demasiado

Cuando pienso demasiado, miro mucho el teléfono o la computadora, me pongo los auriculares para ir a la esquina, me preocupo por las cosas que nunca me preocupan, me doy cuenta que algo anda mal. Sólo me basta entrar en la dimensión de la música o simplemente esperar el colectivo, contemplar la ventanilla, dejar de sentir el tiempo. Nos subimos a un auto, tres días consecutivos, nos vamos a Avellaneda. No busco la luna, las luces blancas encandilan, pero estamos frente a frente con el emisor. Así es que entiendo varias cosas, entre mordiscos de budín de banana y nueces, entiendo por qué me gusta estar activa, no hiperactiva, sino despierta dónde estoy, ágil, conectada con el entorno. No sé si por geminiana o posmoderna o ambas, mi mente es bastante inquieta, pero cuando consigo que se recueste en el sillón y deje que las nubes pasen, entre mordisco y mordisco de budín ya sabemos, todo se vuelve mucho más claro, en Avellaneda o la Autopista, mientras volvemos de un viaje comunión y planeamos bien despiertos cómo vamos a cambiar el mundo, se me calma la cabeza con la música, ese puente que cruza mares torrentosos.
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sábado, 22 de agosto de 2015

Trescientos sesenta y seis: El muro cayó

Y de nuevo, la alegría blanco y negro, los golpes de las teclas, ese universo que enciende la habitación con su luz áurea: la música. Ya los vecinos duermen en el sinfín de la noche, yo desarmo las partituras, tiro todo sobre la cama, renuevo viejos amores. Los dedos saben y van, no debo decirles, tan solo van y se tropiezan a veces pero ese error por azar es otro cielo que se abre. Todo se fuga en emoción, corre como el agua, la veo pasar, manantial.
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viernes, 21 de agosto de 2015

Trescientos sesenta y cinco: Todo estuvo ahí

A veces, un libro o un disco llegan y se archivan. Por algún extraño motivo, uno lo archiva, quizás lo hojea, lo escucha un par y lo abandona en el olvido. Meses, años más tarde, buscando otras cosas esos libros, esos discos florecen en el hallazgo. Y cada palabra, cada sección de esa música es precisa al momento. A veces uno se lamenta de no poder agradecer tardíamente esos regalos, a veces ya no se tiene el contacto, a veces ya no tiene sentido decirlo. Lo verdadero es que esos objetos nacen cuando tienen que nacer y la alegría fecunda el presente. Uno sencillamente se contenta con saberlo. Todo estuvo ahí para ser.
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miércoles, 19 de agosto de 2015

Trescientos sesenta y cuatro: Los motores en el living comedor

El living comedor me queda chico para el baile expansivo, porque cuando yo voy a las clases ella me dice ocupá el espacio y yo trato de crecer en el espacio pero el espacio no crece para mí, es siempre el mismo y los dos no entramos. Y el otro día yo mentía con el cuerpo. No sabía que eso era posible, yo creía que solo se podía mentir con las palabras y al final no entiendo, porque la danza es una ficción, me dice. Busco el motor, cada pequeño motor en cada articulación, en cada sección del cuerpo busco. La mano que tira hacia arriba, la rodilla hacia delante, la cadera que gira, la cabeza que se cae y arrastra todo. En mi casa no me miente, profe. La expansión me la limitan los muebles. Creo entonces que son, más bien, motores de búsqueda.
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domingo, 16 de agosto de 2015

Trescientos sesenta y tres: La ola

Lo que más me gusta del ensamble es la constelación de sonidos que se aúnan como un mar lleno de partículas milenarias que te envuelve y te empuja hacia delante, hacia no dudar, hacia seguir, hacia dejarse llevar. Por eso, yo que soy temerosa por demás, pero valiente igual, voy a surfear esa ola.
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viernes, 14 de agosto de 2015

Trescientos sesenta y dos: El ballotage de la pizza y otras cosas

De vez en cuando pasa, eso de la justicia y en la segunda vuelta se te da la pizza, por ejemplo. Yo había tenido un día bastante rabioso entre la lluvia finita y constante, y la ira persistente que no me quería dejar en paz. M. había venido ayer con sus penas, ahora era yo con las mías. Pensamos varias opciones pero cuando iba por la décima me olvidé de la primera así que elegimos una medio al azar que era la combinatoria de algunas anteriores. Fuimos por el morfi, a la pizzería de la diagonal y cuando abrimos la caja que nos dieron las porciones eran grandísimas, como una revancha mística nos compensaron las porciones que la otra vez eran chiquitas. Doble porción de fainá y una birra per cápita estuvo más que bien para las fauces hormonadas de esta época.
Cuando ya no nos dio más, dejamos míseras sobras que la Jeny olfateó y tampoco quiso. Nos subimos al carro, himno nacional en la fm y manejamos hasta la casa de M. para cambiar su cerradura. Forzamos bastante las circunstancias y seguramente alarmamos a los vecinos en ese afán, pero finalmente pudimos montar ese engranaje con la fuerza catártica que cada una tenía dentro. Nos acabamos las sustancias y nos fuimos taza taza.
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miércoles, 12 de agosto de 2015

Trescientos sesenta y uno: La dispersión es ley

Por geminiana, por cibernauta, por posmoderna, soy dispersa, tan dispersa como el aire. Salto de una cosa a otra y a otra y a otra ahí mismo, allá afuera, aquí dentro. Mi euforia nace del caos creativo. Pero las raíces, el ascendente en cáncer, el arraigo post-infancia, me devuelven a la tierra otra vez.
No me da miedo irme por las ramas, todo lo que se va, florece en las esquinas. Y mientras la flor existe, ese presente es un continuo.
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lunes, 10 de agosto de 2015

Trescientos sesenta: Mi amiga, la médica

Hoy vino M. a cenar tarta de brócoli (sí, nos encanta). De sobremesa, me dijo juguemos un juego de preguntas y a mí, que me encanta lo lúdico, le dije sí que sí. Empezó ella y siguió ella porque le gusta hablar y porque yo no tenía ocurrentes preguntas para hacerle. Venía piloteando con el sentido común hasta que me preguntó "para qué sirve el bazo" y yo le contesté: "para tomar vino sirve". Y se río. Y me dice: "no, no, es bazo" (haciendo hincapié en la be de beso y en la zeta de zorro). Intenté unas respuestas pero no pude acertar. Entonces ella me hizo todo un cuentito hermoso -medicina para principiantes- para explicarmelo. El bazo agarra todas las células viejitas y les saca las partes buenas y se las manda a no sé qué para que sirvan de algo. (Yo que pensaba que solo servía para hacerte doler cuando no corres nunca y te da por correr mucho y respirar como el orto). El bazo te hace el lifting del cuerpo por dentro, eso te hace, es genial, ¿no?
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sábado, 8 de agosto de 2015

Trescientos cincuenta y nueve: Hay veda

La veci meta cumbia y cumbia, llega gente, se escucha el ruido de llaves, el ascensor que siempre se detiene en el mismo piso, vibran las paredes. Donde hay veda, hay resistencia. Acá cenamos sushi y chop suey, en el rincón quedaban unos vinos antiveda y nos pusimos la playlist bien hitera. Cuando pintó la gula, fuimos hasta el kiosco y en el camino había una birra mitad llena mitad vacía, en el medio de la vereda, la birra antiveda. De vuelta, ya no estaba, alguien la manoteó en un rapto de sed antiveda. La calle estaba llena de autos y de gente agitando desde sus casas, dale que va, donde hay veda hay resistencia.
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jueves, 6 de agosto de 2015

Trescientos cincuenta y ocho: El cuerpo

Cuando era chica, me encerraba en mi pieza y bailaba hasta chocarme los muebles, hacerme unos buenos moretones, tirar un velador, un despertador, romper algo. Ahora, de grande, es más o menos igual, la diferencia es que voy a un lugar donde no hay veladores ni cosas de cristal, excepto un gran gran espejo que cubre toda la pared donde vemos a nuestros cuerpos siendo felices. Hoy volví a bailar y seguro mañana esté llena de moretones y apenas pueda caminar. No me importa, todo existe ahora y el éxtasis y la cama se llevan tan bien, y el cansancio que no te deja pensar te protege de los malos pensamientos que podrías tener si te hubieses quedado inmóvil. El cuerpo te protege, te quiere.


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miércoles, 5 de agosto de 2015

Trescientos cincuenta y siete: Vorágine y felicidad

Volvió la bici, salió el sol, salí pedaleando la primavera que a las horas se esfumó pero entré en calor. El día me sacudió pero caminé, mi viejo me desafió 15 km de pedaleo y acepté. Pero no hoy, eso será cuando mis gemelos se restablezcan y vuelvan a crecer y el tatuaje que me voy a hacer quede pipi cucú. Cuando yo crezca quiero seguir siendo así, como hoy, llegar a casa, abrir las ventanas, tender la ropa, comprar cosas en los chinos, cosas que no necesito y que no cuestan mucho pero son como haikus para la habitación. Comer manzanas de mañana y bananas de tarde, condimentar la ensalada con limón, quiero exprimir unas naranjas y escuchar música fuerte que me haga bailar. Todo esto es amor. Cuando yo crezca quiero ser como soy.
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martes, 4 de agosto de 2015

Trescientos cincuenta y seis: Tu cuerpo te traiciona

No había hueco para escribir, ni dos horas seguidas de soledad, ni el disco favorito para hacerlo. No sé que fue, quizás fue el cansancio y las ganas pujando por entrar y hacer destrozos. Pero sé también que fueron varias noches de alcohol e insomnio festivo y no me arrepiento de ese amor.
Clara consecuencia: el cuerpo te traiciona. Entonces abrís la boca para decir a y te sale b y te sale beso o bebé y te avergonzás. O te acostás a dormir la siesta y no dormís hasta cinco minutos antes de que suene el despetador para ir a tu primera clase de danza despues de cinco años sin interrupciones y no escuchás y no vas y te sentís mal y te comprás otro atado para fumar, pero te preparás una ensalada violenta de espinaca cruda y varios tipos de cebolla que te estimulan más. Y te crees que te vas a dormir después de un baño en la bañadera con sales del negocio de acá abajo que vende de todo muy barato, y no. El ojo te titila porque quiere irse a dormir otra vez, pero sólo uno, el de siempre, el lado izquierdo que colapsa, la felicidad que colapsa con la playlist de electrónica que te ponés para manejar y todo es así, la vida vivida vívida.
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viernes, 31 de julio de 2015

Trescientos cincuenta y cinco: La ópera -Toma 2

Hoy a fui a ver Otello, un dramón. El amor es una poesía que acaba en la muerte. Creo es que es perfecto pese al desenlace. Los cantantes desvisten sus voces desde cualquier posición corporal. Dos amigos hacen de sirenos en las esquinas del escenario. Todo está lleno de colores y destellos, efectos especiales. No sé realmente dónde poner la vista chuleta que tengo, si en la letra o en la escenografía,en el vestuario o en la música. Siempre me pierdo algo. Me admiro de la resistencia de esas voces sonando durante tres horas seguidas, por lo menos. Es anacrónico pero no deja de ser espectacular. Por momentos, cabeceo y vuelvo, me inquieto, se me caen las llaves, el programa, suena un celular en otra parte en la misma tonalidad. Se le cae la baba a mi percepción. Quiero quedarme con algo pero todos son peces que pasan y se van, y no me queda ni una frase, solo un collage. Rezo soñar con esto. Rezo soñar espectacularidad.
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miércoles, 29 de julio de 2015

Trescientos cincuenta y cuatro: No me gustan los pibes cancheros

En este tiempo que corre maratones, me cruzo cotidianamente con pibes cancheros. Pibes que no hacen puchero, ni muestran la hilacha. Pibes chiquitos agrandaditos que no llegan a la altura de la mesada. Pibes que se muestran bajo control, seguros de sí mismos en apariencia. Yo no les creo. Para mí son grandes moluscos, blandengues, llenos de esa soberbia tan propia del macho alfa. Yo prefiero más bien la gente verdadera, la sed verdadera que se muestra sin tapujos. Creo en la frescura, por más áspera que sea. Limón partido al medio.
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domingo, 26 de julio de 2015

Trescientos cincuenta y tres: La Gloria se fue

¿Quién te estará montando en estas horas Gloria?
Ya no estás en el poste donde te dejé antes de entrar al cine, solo está la cadena que te puse pero vos sos del mundo, no sos mía, ya no más. Todos los colores que te pensé no los tenés, ni los tendrás. Ya no sos mía, Gloria, ya no más. Te crecieron alas. Un ciclo terminó para las dos. Pero no estoy triste, sé que las cosas tienen su curso o lo tendrán. Nada puedo hacer. Ya no estás en ese poste, ya no más.
Pido un fernet para compartir en un bar al que nunca fui, no hay objeciones, hay fernet para compartir. Todo lo demás está ahí. Vos en las calles, con otros cuerpos, vos, lejana, quizás otro día nos encontremos en otra tienda y te reconozca y me reconozcas y otras noches atravesemos la ciudad. La rueda delantera estaba baja, costará, costará. Otras bicis vendrán.
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Trescientos cincuenta y dos: Lo que sobrevive es claridad

Cuando yo tenía 13 años toqué una guitarra por primera vez. No sé bien qué me impulso, quizás los amigos de papá guitarreros trasnochados, las serenatas, las peñas, todo eso. Desde entonces, voy y vengo, como de todo, de eso. Es un lugar al que sé volver, como el bosque a tres cuadras, y a veces, cuando estoy sola, puedo babearme y tocar hasta que las yemas de los dedos me dicen pará y otras veces más. Le aplico fuerza y deseo, me gusta cómo suena, se desviste el sonido en la inmensidad del estar solo. No tengo pretensiones, me basta con eso. Los domingos se transluce un nuevo sonido, tal vez un ritmo, me anestesia la mente.
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viernes, 24 de julio de 2015

Trescientos cincuenta y uno: La voz humana

Tu casa, paraíso lleno de libros. La poesía, los nuevos poetas, los eslovenos, el coreano, los descubrimientos argentinos. Un té earl gray, una sopa de plato principal, una sopa con jengibre y manzana, una casa, tu casa, un hogar, sos de cáncer, mi ascendente. Todo el tiempo, todo el tiempo ese olor a lugar conocido, olor a calor, a desde siempre y ahora, por siempre ahora. Presente. Tu casa, los almohadones, el baño gigante, los libros en la bañera, los azulejos no me acuerdo de color eran. El silencio, su brevedad, el abismo. Por fin,
la poesía nacida cada noche de nuevo cada nuevo decir. Lo infinito. Esa voz humana.
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miércoles, 22 de julio de 2015

Trescientos cincuenta: Con sólo mirar, un huracán.

El tiempo es una quimera. La felicidad no lo es. Quiero escribir sobre él, pero es imposible escribir sobre lo inquieto. Mi corazón es un caloventor cuando lo veo, aunque mis manos son dos heladeritas. Intento cambiarlo. Al principio, se deja, luego se empieza a contornear. Todo viene bien hasta que le pongo las manos encima. Tiemblo un poco, el deseo me agita. Entra a llorar, me desespero, pero acciono, se moja, me moja las manos. Lo miro a 30 centímetros para que me vea. Deseo ferviente de que él recuerde mi olor, un perfume, un rasgo.
Me entusiasma su sencillez. Es un pececito rosa. En doce días, un universo. 
Le acaricio las plantas de los pies, sus dedos se abren y se cierran. Busca con la boca, revolea las pupilas. Elijo el enterito del león, el de plush gris y se lo ponemos. Parece una estrella en el mar de la noche. 
No sé de la tristeza. 


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lunes, 20 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y nueve: Lunes de primavera

Tengo una amiga nueva, o aún no sé. Tengo un libro nuevo de Billie Holiday. Parecen vacaciones pero no lo son para mí. Todo se encadena tan bien como la playlist de soul con el vino recién descorchado. Mientras me río sin parar pienso cómo voy a escribir que me río sin parar. Pedaleo sin parar no pienso, escuchó un tema sobre estar high. Me siento tan high. Es mediodía de calor de estufa. Es un lunes espectacular. Toda su espectacularidad me tiene el corazón zigzagueando. Tengo el cerebro drogado de mis propias sustancias. Pura entropía, son caballos cabalgando plena ciudad.
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domingo, 19 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y ocho: Ser una extranjera

Hoy estaba en una esquina con sol, donde hay un bar, tomando un café en pocillo, leyendo uno de los libros de poesía recién comprados. Hacía mucho frío pero el sol, y la campera estaba en el auto y no quería ir por ella. Alguien se acerca, me dice: no te reconocí con el pelo largo, parecés extranjera. Pensé: quiero ser una extranjera para siempre, haciendo las cosas que se hacen en los viajes, viendo todo por primera vez. Vivir como un ritual, performar.
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sábado, 18 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y siete: Quiero verte la cara

(A P.)
Hace doce no vivo donde viví diez antes de estos años. Al principio, eran las cartas, la esperanza de las cartas. Eran espaciadas pero cuando llegaban yo las leía y las releía hasta que se resquebrajaban. Luego las guardaba en una caja de zapatos donde todavía las conservo. Más tarde, fueron los mails, una reproducción intangible de las cartas, largos como ellas, llenos de detalles y anécdotas y besos y abrazos, te extraño. Eso también tuvo un ocaso. El teléfono siempre fue caro y yo siempre fui bastante jipi. Hubo un tiempo de mensajes cortos pero intensos y cada cumpleaños nos hablábamos por ocasión de natalicio. Por fin, decidiste comprarte una computadora y amigarte con el skype. Podemos pasar una, dos y hasta tres horas, mientras me unto las galletitas con queso mantecoso, a vos se te corta la luz pero seguimos hablando como si nada, puedo verte la pantalla en el reflejo de los anteojos. No puedo abrazarte pero te veo la cara. Puedo verte la cara incluso cuando tenés la luz cortada. Estás ahí, es como siempre, compartimos el espacio y te leo una crónica de De Caro y vos me pasas otra de psicoanálisis. Somos las mismas al calor de las máquinas.
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jueves, 16 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y seis: Hay un gato en el hall

Sobre todo cuando duermo poco soy fácil. 
Hoy llegué de trabajar y al abrir la puerta del edificio donde vivo había un gato. Dice madre que tiene la carita como un damero naranja y negro. El gato estaba maullando en el hueco donde se guarda la manguera para incendios. Lo primero que atiné es abrir la puerta para que se fuera. Pensé que era un gato de calle que había entrado por azar. Pero al abrirla, no atinó a salir. Más bien, al abrir la puerta del ascensor atinó a meterse y el vecino que casualmente llegaba no me dio más opciones que mis propias ocurrencias. Entonces, subimos hasta el octavo piso y mi gata lo mal recibió. Entré a dar manotazos de ahogada, tratando de enviar a la criatura a otro destino que no fuera el propio, pero nadie pudo recibirlo. Ahí quedó. 
Yo me fui a dormir la siesta mientras la guerra se armaba en el living comedor. 
Mi gata no es nada simpática con vecinos de su misma especie. Mi sueño fue imposible en el revoleo de coletazos, las correteadas por el pasillo y otros intentos de la mafia chica de mi animal indómito. 
Justo cuando empezaba a conciliar con el mundo onírico, el timbre sonó. Vecina del sexto vino a reclamar su poder sobre el damero.
Quedamos a fin solas, mi gata y yo, ella se durmió, a mí me desveló el desatino. 

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martes, 14 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y cinco: Tengo un bolso lleno de libros

Es difícil la medida. La medida es difícil para gente como yo tan que no se sabe bien qué, ni cuándo. Resultó ser que elegí tres libros para el viaje: dos de poesía y uno de relatos. Ya en el primer vuelo devoré. La poesía por suerte, se deja leer y releer y re-releer. Pero la novela es otra cosa.
Cuando llegó el mensaje de la aerolíneas que decía "Su vuelo saldrá una hora más tarde", manotazo de ahogado apareció de nuevo Schlink. Alemán, generación post-holocausto. Té, maicenita y en la cama vuelta y vuelta leí. Se veía más o menos grande, más o menos gordo. Leí. Padre me hizo unos mates y me dejó en el aeropuerto para emprender el regreso. Confitería, vuelta y vuelta leí. Y las horas fueron pasando hasta que el avión llegó y mi cabeza era un árbol enorme lleno de las palabras del alemán y yo miraba a los otros pasajeros y no podía entender muy bien porque todo mi árbol ocupaba el espacio, no me dejaba ver. Tenía miedo de que se acabara ahí. Contaba las páginas que me quedaban como si fueran hostias. Me reservé las últimas veinte mientras me entretenía viendo pibitos o el pasajero aquél que había tomado justo los mismos vuelos que yo. Él me miraba también y a su pantalla de celular. Me tomo muy poco terminar. En los asientos de al lado, había una pareja de años, tomándose las manos y retomándoselas. Tenía miedo de terminar. Miedo, no sé, nostalgia, una cosa parecida a la náusea. Hasta que vi el blanco. Al lado las nubes y el blanco de la hoja. Quería despertar a la señora de al lado para decirle mi angustia, mi felicidad, mi no sé, Quería volver a empezar, bajarme ahí, ir a comprar otro libro del alemán. Forcé la música, pero mi árbol seguía ahí.
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domingo, 12 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y cuatro: Vuelta al pago sin golpear

Nieva en la cordillera. Dice madre que quizás esa nieve le ponga fin a la crisis hídrica.
Hace un frío de los que nunca y adentro las hornallas. Algo temiblemente mágico sucede. No creo que tenga que ver con lo anterior. P. dice "oleaje". Yo pienso en un ave fénix cada vez que paso tres días existencialista. Ella dice oleaje y yo siento un efecto dominó en la cabeza, una desestabilización y una epifanía al mismo tiempo. Una epifanía que es pura sensación, no pensamiento.  Esa conversación inicia una caída en cadena. Y el comienzo de una fe.

Fe en la poesía. La poesía de uno mismo y el mundo.
Volver como la nieve, el agua, el oleaje.
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miércoles, 8 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y tres: Poeta

Una vez fui a una casa y alguien me mostró un librito muy pequeño con poesías y dibujos, transparencias. En ese momento, ese libro de bolsillo fue un oasis: hacía mucho que no leía ni escribía poesía, hacía mucho que no había poesía en mí. Agendé el nombre de la autora en una nota en el celular y bastante tiempo después decidí buscarla y escribirle. Le dije que su libro me había encontrado, que quería uno para mí porque aquél era prestado. Me propuso que nos encontráramos en un ciclo de poesía e intercambiáramos nuestros libros.
Hoy fui hasta allí. Tenía los mismos nervios que tuve en esa época en que conocía gente por chat y me encontraba para conocerla personalmente. Pero distinto. Yo estaba sola en una mesa y en otra mesa estaba todo el resto de la gente que sí se conocía. No quería mirar mucho para ver si ella estaba ahí y rogaba en silencio que ella me encontrara a mí y me hiciera las cosas más fáciles.
Entretanto, se acercó el mozo con la carta, yo dibujaba unas medusas con unos lápices que había sobre la mesa, y me dio la carta. Me pedí una pizza y una birra, sólo para mí.
Y en eso, ella se cruzo por delante y se presentó. Bajé unos kilos, digerí la entrada. Me dio su pequeño libro, yo le di el mío en una bolsa de papel madera, avergonzada. Hablamos un par de cosas y volvió al sitio de dónde había venido.
La poesía estaba ahí, en esa poética teatral.
Dos porciones de pizza apenas y me fui.
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martes, 7 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y dos: Perdida en la traslación

(Cualquier similitud con film es pura casualidad)
Los martes son días largos, apenas tengo conciencia de mí. Parto tempranísimo para villaelisa, hago zapping en la radio hasta que llego a la oficina con un rompecabezas de noticias. Trabajo, trabajo, mate, mate, empanadas, trabajo, café. Me subo al auto de nuevo: manejo, manejo, manejo. Canto una de shakira que me sé, es del primer disco, yo tenía menos de 15 años. Canto a viva voz y quiero que los vecinos de los otros autos me vean gesticular.
Llego a 60, voy para Berisso. Nos desvían, está cortada. No sé el camino pero veo un 214 y lo sigo. Andamos cantidades. En un momento me distraigo y lo pierdo en un semáforo que no es recíproco. Lo veo irse. Sigo al cardumen que queda. Supongo que todos van para donde yo voy. No tengo mucha nafta, tampoco tengo cobre. Dudo, dudo, dudo, pero ahí voy. Me imagino haciendo señas al costado de una ruta desconocida. Y a lo lejos, aparece la Montevideo, la música.


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sábado, 4 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y dos:

Hoy salí, plena final de Argentina. Estaban en tiempo suplementario. Me quedaba el tiempo contado. Salí y no había un alma.

A la única mujer que me cruce, tuve ganas de decirle: qué hermoso este silencio. Pero ninguna habló para no cagar el momento. Sé por sus ojos que ella sintió el diálogo.
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jueves, 2 de julio de 2015

Trescientos cuarenta y uno: Mi mundo está lleno de conversación

Hoy visité y discutí amablemente con mi psicóloga como buena anarco que soy, anarco de clase media. Le conté que mis problemas son producto de esta sociedad y después abrí el facebook y vi que alguna gente estaba horrorizada por lo que pasó en la UBA. Y pensé qué hipócritas. Me acordé que mi astrologa me dijo que yo vine al mundo a unir lo diferente. (Y eso es tan amplio) Yo estoy segura de algo, yo sé que vine al mundo a conversar, entre muchas otras cosas (algunos se horrorizan de lo diverso). Yo no me horrorizo, tengo la mente inquieta de novedad. Soy geminiana y vivo con otra geminiana insaciable de conversación. Todo eso, la UBA, que venga el futuro ya que estamos ansiando. El futuro que estamos ansiando. Las ansias. Presente continuo.
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miércoles, 1 de julio de 2015

Trescientos cuarenta: La cañería

Conozco mis ciclos. Sé que cuando empiezo a sentir angustia, se me hace un hueco en la boca del estómago que me saca el hambre. Así puedo estar uno, dos, tres días, a veces dura semanas. Pruebo tomando mis flores sucede que nada pasa. Tomo más dosis y nada.
Me siento bien, voy caminando creo que me viene el hambre de pronto pero cuando pienso en el almuerzo se crea el hueco. Me siento agujereada, baleada.
Un día como hoy, decido hacer yoga en casa. Me pongo la banda sonora del piano, estiro la colchoneta, arranco el saludo al sol. No anticipo consecuencias, sólo estoy ahí. Apenas acabo la serie, me siento frente a la ventana y el llanto asoma. Luego explota, se expande y expande creo que no va a terminar nunca hasta que lo hace. Y alivio, me sorbo las lágrimas, reciclo.
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lunes, 29 de junio de 2015

Trescientos treinta y nueve: La señora del perro

Finalmente voy por el alimento de la gata, después de un findesemana lleno de lamentos por el ayuno obligado. Día raro climática y anímicamente. Raro bien. Entro a la veterinaria. Hay una perra negra, simpaticona, se menea. Le hago gestos para que se acerque. Me histeriquea. La señora le dice: decile hola a la chica que te saludó. El pibe que atiende se ríe. La perra se acerca, se deja. Luego, la señora agrega: siempre me hace lo mismo, me hace comprarle golosinas cuando estamos acá y después en casa no se las come, así no, negra. El pibe le regala una golosina. La negra rechaza. La señora se enoja. La negra acepta, mordisquea la golosina. Ellas se van, contentas se ven, les salió gratis.
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domingo, 28 de junio de 2015

Trescientos treinta y ocho: Dormir es un comienzo

La gata lame el plato con crema de leche y brócoli. Mi cuerpo cree que es sábado. Los vecinos de arriba discuten. Escucho sus gritos. Me gustaría distinguir las palabras así sigo la novela. Son los de arriba. Golpean cosas. Yo vengo de tomar cerveza artesanal para reivindicar la magia del domingo lluvioso. La gata termina de lamer el plato, los vecinos dejan de discutir. La birra sigue ahí, la fiesta no. Hay que dormir para ir a trabajar, hay que trabajar para comer, hay que seguir escribiendo para que tenga sentido, hay que seguir viviendo para todo. Dormir es un comienzo.
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Trescientos treinta y siete: No es lo que parece

Desde temprano, generé fascinación por las agujas.
La buena noticia hoy es que la farmacia de enfrente ya tiene la droga.
La droga debe guardarse en la heladera hasta su aplicación.
Cohabitante M. es R1. Está canchera con la jeringa.
Le digo: ponemelá.
Me dice: comonó.
Tengo algo de miedo. Ella prepara todo, me dice: respirá hondo. Estoy tirada en el sillón exhibiendo la parte. Cuando va a clavarla, suena el timbre. Me dice: otra vez, respirá hondo. Respiro, entra, siento el líquido, creo que se me anestesia la zona. Sale la aguja.
Eso es todo.
No sé cómo terminar la crónica. Es el pinchazo más agradable de mi vida y no es heroína.
Me doy cuenta que no es momento de acabar. Duermo. Sueño pelotudeces.
Son las doce del mediodía. Me duele la nalga.
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jueves, 25 de junio de 2015

Trescientos treinta y seis: A los 30

A los 30, me encontré descubriendo que el sentido siempre errático puede durar un poco más si lo enlazo a la escritura, al menos por un rato, por si acaso, mientra escribo. Al menos eso. Me encontré con gotas para los ojos, aspiradores para la nariz, pastillas para la sangre y mis grandes y mañosos malos hábitos.
A veces me escucho decir 30, como hoy a la secretaria del doctor, me escucho y digo: mierda. Me siento tan pequeña a la vez como si mirara apenas por encima del mostrador. El doctor me dice que va a decirle a mis padres que estoy flaca. Me da risa, él se pregunta porqué. Me mete un tubo por la nariz que me llega hasta la garganta y después me muestra lo lindas que son las cuerdas vocales.
Me miro en el espejo, me miro las canas y Jujuy, mirame dónde estoy ahora. Soy el despiste perseguido.
Pienso si todos se sentirán así cuando dicen su edad frente a un mostrador. Me importan los otros. No sé cuánto tiempo más, quizá sea para siempre o para nunca. Tengo 30. Es abismal y etéreo. Quiero arrojarme sobre las palabras porque los números son también palabras.
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domingo, 12 de abril de 2015

Trescientos treinta y cinco: Si usted alguna vez tiene conjuntivitis

Cuando yo era chica y me despertaba lagañosa, decíamos conjuntivitis.
Eso era la conjuntivitis. Una enfermedad al paso que te pega un poco los ojos por la mañana.
Pero dejenme decirles algo y ojalá nunca tengan que evocarlo pero por si las dudas: la conjuntivitis puede ser peor, mucho peor.
No es tanto el dolor, el picor o el ardor es más bien la constancia del asunto lo que irrita sobremanera. Tal y como sucede en los resfrios, te gotea el ojo, se te paspan los párpados de tanto limpiarte y todas las mañana son el día de la marmota. A mí lo que me mata es la ilusión. Me duermo pensando mañana tendré de nuevo mi ojo, seré yo otra vez, tomaré birra y correré por el bosque, esas cosas que uno no haría hasta tener conjuntivitis y desear su potencial desaprovechado.
Pues bien, quiero decirles, queridos fieles, que la conjuntivitis no es una joda de moco pegado en el ojo. Es una tortura china, una gotita cayendo sistemáticamente en la frente. Ni hablar si uno es adicto a las máquinas, a una serie yanqui, leer, mirar, etc. El mundo se ve reducido.
Yo me veo reducida con mi ojo izquierdo reducido, mi falta de simetría es un horror.
Lo peor que uno puede hacer es leer foros en internet donde dice que va a perder el ojo o cosas del estilo. PERO LO HECHO HECHO ESTÁ. Así que la vida sigue, con o sin el ojo, la vida. Yo me abrí una cerveza negra, me fui a ver una obra de títeres. Volví y la gata no me esperaba. Yo tampoco la esperé a ella en mi cama esa noche.
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jueves, 12 de marzo de 2015

Trescientos treinta y cuatro: Yoga

Hace menos de un año comencé a practicar yoga. Primero Ashtanga, ahora simplemente Yoga. Me llevó bastante tiempo entender, sin entender racionalmente,  qué significa el Yoga y no creo que haya una respuesta, sino una experiencia infinita. Recuerdo que cuando era adolescente y explotaba todo el tiempo  decidí hacer Yoga y realmente el mar de adolescencia que transitaba se aquietó.
Es muy difícil escribir sobre Yoga como es muy difícil escribir sobre música. Quizás porque son cosas inefables, justamente. Pero hoy mi profesor de Yoga me recordó que debía escribir sobre esto y entonces, dejo de pensar y simplemente escribo como simplemente practico Yoga.
El Yoga es experiencia, en el cuerpo, la mente y el espíritu (que todavía no sabría decir qué es pero que existe, existe).  Capaz es eso que cuando la mente y el cuerpo se aquietan, aparece. Es algo más allá que está en el más acá. Porque Yoga es ahora.  Aquí y ahora. Es estar presentes, pero ausente el yo. El Yoga es unir todo lo que constantemente separamos. Es unirnos con todo lo que existe, siendo. Es dejar atrás el pasado y dejar también ir el futuro. Yoga es encontrarse uno mismo pero en la escucha profunda de todo. Yoga es lo que parece paradoja porque nos hemos separado de muchas cosas, de nosotros mismos, de los otros, del mundo. Yoga es hacer una masa de pan y percibirla. Yoga es estar. Y estar es ser.

Yoga es preguntarse sin responder,  profundizarse, quererse y querer.  Dejar de escapar. Observar sin juzgar. Observar, percibir, sentir. 

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domingo, 8 de marzo de 2015

Trescientos treinta y tres: feliz día testo

Es domingo. Ayer me dormí tipo 4 o 5 de la mañana intentando ver un capítulo más de la serie de las mil temporadas. No tengo fuerzas. Llevo el campamento a la cama para postergar la activación motriz. Un capitulito más y así, veo pasar las horas. Todo intento de traslado es molusco.
Tengo varias ofertas para salir de la cueva pero ninguna logra quitarme la paja.
A medida que se va haciendo la noche voy pudiendo acelerar los desplazamientos. Un gran autorescate que se presenta en muchísimas cuotas. No pasa nada, y de pronto, alguien enciende el videojuego y observo. Boxeo. Entro a darle con mi avatar a cada contrincante como si cada una fuera la última pelea de mi vida. Y es increíble como me voy poniendo Hulk, me siento poderosa, testosteronada. Me ataca una ola de sudor, golpeo y golpeo, nada me frena. Me dicen: podés moverte más suave e igual responde el comando. No, dejenme sola, es mi pelea, pego como quiero y le doy pumpumpum, tres seguidas a la cara. Todos mis contrincantes son varones, chinos, negros, varones. 4 caen al hilo y ya basta. Estoy agitadísima como si hubiese corrido la maratón que nunca.
feliz día
testosterona.
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martes, 3 de marzo de 2015

Trescientos treinta y dos: El ostracismo de esta tuerta no es lo que parece

Comencé este blog el año en que pasé de ser cuatroojos a ser normal. En ese año o por ahí, se pusieron de moda los lentes (antes se decía antiojos como también se decía patineta). Siempre fui a contramano, al principio fue sin querer y ya después fue re a propósito y me declaré anarquista. Me compré varios libros de la colección rojinegra pero todavía no los leí.
Todo este preámbulo para decir que hoy me tuve que "retocar" el ojo izquierdo, como otras se retocan las lolas o el culo. Me re-tocaron el ojo, me tiraron el láser ultrapolenta y la chica que iba después de mí, dijo que había olor a chamuscado. No sé bien cómo funciona todo esto, lo que sé es que me da superpoderes porque después de que me operé la otra vez empecé con el piano y con la danza y con todo eso que tiene más sentido que todo lo otro que no es eso. Siempre creí que las zapatillas nuevas te daban superpoderes para saltar y correr rápido, pero eso nunca terminó pasando. Ahora creo en los lásers (láseres, maníes o manises).
Hoy fui al control y el doc me explicó algo del clivaje que no llegué a entender pero los dibujos estaban flasheros y creo que no debe ser nada malo. Mientras tanto estoy aprovechando los sanguchitos de miga, la birra y el amor que llega cuando uno dice "operación" y que, a veces, no son los otros, es uno mismo, dándose los gustos y los superpoderes.
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domingo, 4 de enero de 2015

Trescientos treinta y uno (trentaiuno): I was runnin´

Es muy loco, ayer en el bosque, todos corren distinto. Algunos corren con el pecho para delante, la cabeza para delante, las piernas separadas , las rodillas juntas, los brazos como los de canguro. Cada uno corre a su estilo. Están los que corren lindo y es un gusto verlos, tanto que valdría la pena parar y sentarse a esperar cada vez que den la vuelta y vuelvan a pasar. Están los aparatos y los aparatosos, felices en su dinámica yugular. Yo no sé cómo corro, no quisiera verme porque corro poco y todo lo que se hace poco, por lo general, no se hace bien. Me gustaría ser de los que corren lindo y ser como forrest gump: ir a todos lados corriendo.
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