martes, 5 de septiembre de 2017

Trescientos noventa y ocho: La presencia

Cuando hago yoga, escucho las palabras de mi profesora con una profundidad inédita. Supongo que todo mi cuerpo está predispuesto a recibir en esas circunstancias cualquier tipo de información sensorial. No lo sé, pero es mágico y eso basta.
Hoy decidí estar sin conexión virtual varias horas seguidas. Vi cosas que habitualmente no veo por estar con la cabeza orientada a mi celular. Probé ritmos en los semáforos, distinguí cromatismos. Hasta llevé a una compañera hasta su casa porque no tenía apuro. (Siempre tengo algún tipo de apuro, aunque me pese).
Creo que he perdido en parte la confianza de mi profe de yoga porque hace ya más de un año que ando más distraída que habitualmente. Ocupada todo el tiempo con mi trabajo, con pensamientos de mi trabajo. Siempre con mis ciclos de hiper-estrés seguidos de aislamiento y relax extremo. Así voy en zigzag como con mi kayakismo amateur. De un lado para otro, perdiendo energía para avanzar. No quiero ir rápido a ningún lado, simplemente quiero seguir remando y, a intervalos, descansar. No desmayarme, como todas las noches, últimamente. Quiero elegir las últimas palabras que quiero leer antes de dormir.
Presencia. Ella dijo algo así como: no hay nada más importante que la presencia. Y sentí su profundidad. De yoga a ensayar y en el ensayo mismo, fui otra. Paciente. Distraída, sí también, pero otro tipo de distracción más necesaria que la evasión vía máquina, que la evasión que es fijación.
Hay un mundo ahí afuera y puedo escucharlo con todos sus matices después de cuatro horas sin celular. Mi mente está ausente o silenciosa.
La música necesita presencia, ahora. No puedo hacer un esfuerzo, pero puedo evitar las interrupciones, correr las malezas y pasar con el kayak, sin más que cuerpo y atención.
Eso es todo lo que quiero. Estar.
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lunes, 28 de agosto de 2017

Trescientos noventa y siete: No todas van al cielo

Hace una semana que hacía una semana me bajaba un pensamiento ni bien entraba el auto al garage. Un pensamiento o un descubrimiento que vivía oculto en mí por el olvido. La semana que desapareció mi bicicleta sin nombre yo estaba subida arriba de una ola que duró más de 7 días. Nunca en mi vida había permanecido en una ola tan larga.
Yo llegué a las dos de la mañana de cenar con mi amiga la doctora. Hice todo como una autómata. Estacioné y estacionó en mi mente la idea de que mi bici -que creía robada- podía estar en la terminal, desde el lunes anterior a esa madrugada. Una vez que aparece una idea de esas es terriblemente difícil pensar en conciliar el sueño sin ir antes a la terminal a chequear esta posibilidad como se chequea que el gas o la puerta de casa estén cerrados. Entonces, volví a abrir el portón y salí. Manejé, no me acuerdo bien, si rápido o despacio pero llegué pronto porque ya casi no había autos, sólo había pura noche. 
Cuando llegué, ni bien la vi, atadita a su poste de U, tenía una felicidad que me quería arrojar del auto en pleno movimiento. Pero me sosegué. Miré para todos lados buscando cómplices, pero cada uno en la suya: esperando el bondi, abriendo puertas de taxis, masticando unas tutucas. Me bajé y con toda mi anatomía torpe intenté cargar a mi bici sin nombre en el baúl, hazaña bastante complicada con ese estado de excitación exuberante. Medianamente lo logré. Dejé media bici asomando por detrás. Manejé a la menor velocidad que me deja mi ansiedad. 
Una mezcla de estupidez, vergüenza y felicidad me mantuvieron fresca hasta mi casa. En el camino repasé mi memoria recuperada. 
Había ido en bici hasta la terminal. Había vuelto en un auto que me había expulsado en mi casa. Al día siguiente no la necesité. Al otro día, dormida como todas las mañanas en que repto, la busqué en el garage y al ver que no estaba, me convencí de todo. Elaboré una película que me complicó bastante la vida los días siguientes, pero acepté mi propio relato por falta de tiempo y presencia. 
No todas van al cielo, algunas simplemente esperan en la terminal.  

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miércoles, 16 de agosto de 2017

Trescientos noventa y seis: Las bicis en el cielo

Me desayuné el robo de mi bici esta mañana. Salí con el tiempo justo porque la mañana me coquetea fuerte para seguir durmiendo. No tuve casi reacción. Mi corazón apenas se movió de lugar. No sé si por efecto del yoga (que hace una semana que no practico), el interludio de eclipses o la insensibilidad y punto. Asumo que es una posibilidad mientras sigamos viviendo en este mundo. Exagero capaz. Quise llorar después pero no tuve mucho tiempo y llorar en la vía pública me cuesta un montón más que llorar en mi casa, que ya de por si me cuesta.
En las esperas de los varios colectivos y subtes que esperé -porque el robo justo coincidió con el hecho de que estoy viajando a Capital- recordé las otras veces en las que me robaron mis bicicletas: La Hilaria, primero; La Gloria, después.
La Hilaria fue robada del poste de un edificio donde trabajaba. Recuerdo que salí a comprar comida y pasé rápido por el poste. Hice dos pasos y volví a ver lo que pareció ser una visión de la ausencia. Efectivamente no estaba. Un amigo me llevó ese mismo día a comprar una nueva (vieja) en esos impulsos que yo tengo, así la conocí a La Gloria. No era linda, ni estaba buena, pero con el tiempo me encariñé y no tuve mucho tiempo de hacer el duelo por la otra.
Años más tarde, tuve una cita en un cine. También a esa la dejé en un poste. A la salida de la película, ya no estaba allí y mi cita debía continuar a pesar de ella. Tampoco lloré esa vez, sólo me emborraché y después me tomé un remis para no sentir la falta.
La última, la que se llevaron hoy o ayer, quién sabe, no tuvo nombre, pero tenía una sillita pequeña que mi sobrino nunca usó. La conseguí por internet y la fui a buscar a un barrio en Los Hornos. Estaba destruida pero me cayeron bien los dueños así que se las compré y cargué en mi auto. La enchulé bastante y se dignificó. Habíamos empezado a querernos bien pero la descuidé. La dejaba siempre suelta en mi garage, creyendo en la buena voluntad o en la libertad.
Hoy, además de recordar, me culpé por ser tan freelance.
A vuelta de todo el trajín, fui de nuevo al garage con la esperanza de que hubiese vuelto, rota, desvalida o entera. Al menos una nota o algo. Nada.
Todas las bicis en el cielo de las bicis apropiadas. Tiempo de eclipse. Me quiero ir a Uruguay.
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viernes, 4 de agosto de 2017

Trescientos noventa y cinco: En el limbo

Es una sensación límbica escribir en el medio de un concierto, cosas como:
Los mensajes autodestructivos nos evitan caer en la melancolía revisionista. 
Lo autrodestructivo nos evita caer en la melancolía.
Lo autodestructivo nos evita caer.
Nos evita. 
Levita.  Leva. Como esas tortas que levan lentamente en el silencio del horno. 
La melancolía por el estado previo. La ansiedad por el estado próximo. 
La ansiedad caer. Caer en la ansiedad nos evita la melancolía revisionista. 
Lentamente en el horno. 
Todo tiene un sentido de profundidad de mar. Nada hace pie y sin embargo es más evidente que estar en tierra firme. 

Es cinco de agosto y la primavera es el paraíso en las pestañas con el sol.
El sol de agosto es la primer cocción de la primavera. Es de noche pero el sol aún en las mejillas, desde la tarde dejando impresión en el descuido. Los descuidados del invierno. La gripe de sol. Un mal deseado, un negativo positivo.

Escribir porque no se tiene más que escribir. Decirle a los otros que escriban como si fuera la cura de todoslosmales. Pedir por favor y gracias por escribir. Invocar situaciones con palabras solo por el juego de conocerlas más que cualquierotracosa. Es demasiado. Es la verdad. A veces la verdad es demasiado y por eso mentimos, porque somos moderadores (?) Merodeadores. Somos animales merodeadores de la verdad. 


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viernes, 21 de julio de 2017

Trescientos noventa y cuatro: Como esos peces que brillan

Como esos peces que brillan en la oscuridad del océano. En el medio del tsunami de la vida emprendedora, colaborativa, mi mente tramita paquetes de cigarrillos como costos variables del armado de subsidios en tiempos de deadline y programas de formación, también, a contratiempo.
Dos semanas llenas de adrenalina bilingüe son el enlace a personas y horizontes nuevos. Me gustan los efectos especiales de lo impredecible. Ya sé que yo deseo fuerte. Eso ha sido a veces un problema. Resulta que ahora desear ya no es suficiente. Todo deseo viene con sus planes y estrategias para hacerlo posible. Cantidades de ideas, nuevos amigos, movimientos sobrenaturales. Sin duda.
No puedo elegir una sola cosa, son montones.  Pero en el intervalo espontáneo previo a dormir, el resumen, el excel mental, siempre me da positivo, excedente. Excelente. Y lo que más me alimenta esta alegría electroluminescente es sentir la comunidad.  No cualquier comunidad, la más próxima, la eventual también. La fantasía de las cosas reales. Porque está bien si lo pienso, pero es terriblemente bueno si lo vivo.
Todos los días llenos de bandas sonoras.
Como esos peces que brillan sumergidos.
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jueves, 29 de junio de 2017

Trescientos noventa y dos: actúo como un flaco

Cuando en el 2009 entré en la crisis más profunda de las que tengo conciencia, empecé a leer sobre "género" un poco para poder entender, para poder explicarme porque los cánones no me quedan. Hoy pensaba por qué no me gustan una serie de cosas que deberían gustarme. Principalmente porque no soy una persona que pueda aceptar un molde y meterse ahí, sobrevivir ahí. Mi personalidad no me deja estar tranquila. Creo que algunas personas se lo bancan, no les molesta, incluso algunas se sienten más cómodas al entrar en los lugares. No es mi caso.
Pensaba también por qué dejo de escribir y después vuelvo sedienta a lo mismo. Porque no puedo quedarme quieta, porque de repente todo se mueve y necesito escribirlo otra vez, sí, otra vez para verlo, para explicármelo, para ser un poco más consciente.
Cuando hace unos años fui a la astróloga O. a hacerme la Carta, ella dijo que las cosas no me iban a ser fáciles: Géminis que quiere unir lo diferente, Acuario que quiere discontinuar para transformar, Escorpio que no se calla una y siempre tiene que estar sacando a la luz las tensiones, Cáncer que pide hogar. Todo eso, quizá. Es una explicación posible. Hay otras, claro. Lo cierto es que todo esto que soy y que es, principalmente, algo propio, genuino, o al menos, un intento de eso; también me permite tener conexiones verdaderas con algunas personas que están dispuestas a eso. Con el resto se me hace muy difícil. Y sí, capaz actúo como un flaco, para algunxs, no sé bien como tomarlo, ¿es un piropo? ¿es un insulto? No sé, más bien creo que es un intento por ponerme en algún lado tranquilizador para el que lo dice. Pero acá estoy moviéndome porque es lo que mejor sé hacer y porque también me sale, con todo el costo emocional que tienen estas cosas.
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jueves, 15 de junio de 2017

Trescientos noventa y uno: Lo importante y lo urgente

Dicen que es una epidemia. Me dijo K. por el chat hoy, "una epidemia que afecta a jóvenes y adultos". Sí, es una gripe, no es para tanto pero aprovechando la caída, repaso mi existencia con el impacto que produce detener de golpe algo que viene a mucha velocidad. Mi vida. La vida contemporánea.
Hace varios meses que "lo importante" y "lo urgente" vienen apareciéndose como dos dimensiones que compiten entre sí. En el devenir de los días todo parece ser más bien "urgente". Responder mails, mensajes, reuniones, resolver cosas, ir al supermercado, ir a las fiestas también. Todo es tan veloz -el tiempo es veloz, decían los Serú- que no puede verse el paisaje ni la profundidad de las cosas.
(Ya sé, hay cierta nostalgia, estoy apestada, estoy algo sensible).
La cuestión es que al caer en cama, por ejemplo, uno ve delante de sí la corriente de las cosas "urgentes". Besito chau, nos vemos en el corso. Las ves pasar, son un montón. De pronto se ven algo obsoletas. ¿Qué es la suma de esas cosas? Una inercia. Punto.
Lo bueno de estar acá hace varios días haciendo el huequito en el colchón es que puedo distinguir en esa inercia algunas cosas "importantes". Nada garantiza que mañana me levante y me vuelva a tomar el tren bala de la vida contemporánea, pero bueno acá estamos haciendo el intento de otras cosas.
De repente, ves la peli proyectada, esto sí, esto no. De acá debería bajarme pronto. Y en esa prepotencia de las cosas urgentes, dibujás un caminito más o menos distinguible. Si tenés un papel por ahí, un lapicito caído al costado de la cama, hasta llegás a dibujar el mapa de la cosa. Y por un rato viene como un alivio de una profundidad natatoria. Al fin parece que la pileta es olímpica y tenés brazada para rato, y no estás hiperventilada, cuasi ahogada en la propia vida.
La gripe tiene sus cosas. Reguero de pañuelos, la canilla libre, la voz gangosa. Pero entre tanta congestión también aparece la quietud. Paradoja.


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