sábado, 11 de marzo de 2017

Trescientos ochenta y ocho: La muralla china de los gatos pandas

Traje un gato nuevo a casa
Un dejà vu gordo de mi gata anterior viva y arisca como yo. Ella lo mira desde la esquina opuesta y el la mira desde abajo del aparador. Ella se acerca sigilosa. Yo creo que lo desea, a su manera silenciosa y tímida, lo desea con la.mirada y lo busca. El no sabe como acercarse a franquear esa distancia. 
La muralla china de los gatos pandas es invisible pero campo magnético. El corre porque tiene miedo del.extraño deseo de.una arisca que de.pronto muta hacia el y se acerca gruñendo y arañando y escondiendo su verdadera soledad acumulada. A la.noche, cuando yo duermo, sueño las paces y los peces fosforescentes en la bañera hacen su danza que abre puertas. Son los gatos que abren portales en el templo de mi austera vida urbana.
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martes, 28 de febrero de 2017

Trescientos ochenta y siete: Los Carinios

Hay un amor enfrente que me cocina pastel de choclo sin procesar. A grano entero como el corazón.
Cuando llego me saco las zapatillas mojadas de carnaval, me siento a su mesa como su hija pequeña -aunque ellos dos son más chicos que yo-. Me siento a la mesa de Los Carinios. Me dan su vino de beber, me cuentan una y otra vez la historia de cómo se conocieron en el medio de un huracán. No hay casi diferencia en sus versiones. No hay roces. Pienso cuan perfecto, será esto posible. Pastel de choclo, ella repite, sin procesar, carinio. Él la mira como si fuera un ángel mientras ella pone su vestido en la boca del aire acondicionado, y se infla como un globo arostático. Treintaytresgrados a la sombra.
Me dan una picada de su amor. Pienso que, cuando llegue, será un auténtico casamiento de esos donde no importa el decorado, solo David Bowie y fiesta eterna. Pocos de estos conocí, pero que los hay los hay, y tienen tanto que rebalsan para que otros beban de ahí.
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jueves, 23 de febrero de 2017

Trescientos ochenta y seis: Resfrío de verano

Después de un findesemana de corrido, de trabajo, de alcoholes también, ahora que esos mundos están mucho más cerca, quién lo hubiese dicho. La libertad es así, gurí. Ansiedad y alcohol. Trabajo desde la cama y reguero de pañuelos ahora que me he enfermado por darme manija con asuntos obsoletos. Ahora lo veo bien, antes era un conglomerado.
Resulta que soñé que tu casa -no te conozco- tenía un espacio para estar, permanecer, con un techo muy muy alto, y era de noche y llovía. Yo lo noté cuando miré para el cielorraso pensando que tenías una gotera pero no, era un techo suspendido por parantes y entre el hueco por donde se filtra la luz necesaria, se venían adentro unas gotas. Es cierto que hubo muchas más cosas en ese sueño que ahora voy a reprimir para el bien común de esta cuadra. No son tan dramáticas ni tan obscenas pero sé que voy a empezar a fabular y no quiero.
Me alcanza con ese espacio para permanecer, en la noche aguada, de estos mocos y esa lluvia anunciada.
Me dijiste: qué hay de nuevo en tu semana.
Hay un sueño.
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sábado, 4 de febrero de 2017

Trescientos ochenta y cinco: Vivir solx

Acomodarse a un estado de situación emergente que al principio se me muestra hostil y después, muy muy sutilmente, demuestra su potencia encajonada.
Cada espacio de la casa es su expresión. La cocina, el living con el despliegue de la noche encima, ahora, a la mañana, es un cementerio gastronómico. Abandonado. No de esos privados con vista al mar o a la montaña.
Me fui.
El balcón hace unos días era de una hermosura que emocionaba. Pero la gata ha empezado a copar la parada y trascendió los límites del cajón de las piedras.
Todo lo que hay alrededor de esta cama me hace acordar muy bien a Tracey Emin, leáse -bien mirado- arte contemporáneo. Sólo que estoy en otro entorno. Me estaría faltando el museo. En el fondo de los totems de ropa debiera estar la pila de algún control remoto. La última pila de la casa.
La habitación de al lado, la de la cohabitante L., ahora es mi templo laboral. Es mucho pero soy religiosa con eso. Ahora.
Todo es nuevo, o algún nuevo sentido nació de lo conocido. Es nuevo escuchar solamente el chasquido de estas teclas. Por momentos, la gata hace alarde de su existencia en algún otro punto del territorio. La gata, ahora también las plantas, más sutiles, si hay viento.
Intento mantenernos vivas.
Intento mantenernos vivas y contentas.
Y van volviendo viejos amores, rituales que no me obligué a crear. Rituales necesarios para la supervivencia. La super vivencia. Llegaron las expensas.
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lunes, 22 de agosto de 2016

Trescientos ochenta y cuatro: Retiro

La mañana siguiente al viaje a la costa, me desperté demasiado temprano para estar en vacaciones. Pero me desperté sabiendo algo. Me despertó esta creencia: "Preocuparse es querer tener el control". La anoté, tomé el agua con limón y saludé al sol como cinco veces. A partir de ese momento, y después de haberme dormido en un estado de agitación cardíaca, entendí qué hacía yo ahí. Increíblemente pude permanecer más de 24 horas sin revisar las notificaciones de Facebook, como 12 o más sin chequear el celular, en general. Más allá de la cuantificación de horas -ahí prácticamente no existía- sentí la levedad, la calidad del tiempo vivido. La calidad de un tiempo de suspensión, la sensación de flotar, por ejemplo. El agua traducía en sensación lo que la cabeza escupía como resaca de la rutina. Todo habitado desde el no pensar, o el pensar operativo, el pensar funcional. Permanecí tres días en esa levedad. Mi sensación era de quince.
La ida y la vuelta no tuvieron nada que ver. De hecho, pensé que habíamos errado la ruta porque no reconocía el paisaje. La realidad es que lo estaba viendo por primera vez porque estaba ahí. Y si bien ya no teníamos mucho de qué hablar, flotar en el paisaje era suficiente.

Me pregunto cómo permanecer ahora en esa levedad, ahora que hemos vuelto y nos abalanzamos vorazmente sobre la cotidianidad, cómo no abatatarnos oscilantes entre la hiperactividad y la tonina.
Alimentarnos de experiencia.
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domingo, 14 de agosto de 2016

Trescientos ochenta y tres: Implacable

Hay cierta manía que nos pone frente a frente con nuestra desidia. Es sumamente contradictorio pero es así. Como la serpiente que se muerde la cola, la manía se vuelve desidia al final. Por eso manía, manija, maní y sus derivados no son nunca un camino hacia la construcción sino más bien hacia la explosión. La perfección es infinita. Y lo infinito es abominable. No es muy difícil la ecuación pero si uno está justo en el medio entonces sí que la cosa se vuelve implacable laberinto.
Propongo, en estos casos, separarse virtualmente de la bipolaridad que habita ahí. Confío en que ambos polos se contienen como dice el yinyang, solo hay que saber combinarlos en la medida del equilibrio, tan escaso en estos tiempos de contemporaneidad. Propongo suspender el binomio por un rato montando un artilugio que distraiga la atención de ahí. El artilugio quizá sea la nada, el todo. 
El artilugio es la trampa que uno se hace para sortear sus propios cortocircuitos. 

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sábado, 13 de agosto de 2016

Trescientos ochenta y dos: La olimpíada personal

Amaneció nublado. Nubladísimo por la ventana no se veía un horizonte de sol. Igual me puse las calzas, deplegué la alfombra, estudié mi horita y media. Revoleé un mensaje con esperanza y picó. Le dije, canchera, te paso a buscar. Tiré primeros pasos algo esforzada, me puse aerodinámica en diez cuadras. Ahí el sol comenzaba a aparecer.
Llegué a su casa. Unió su bici a la mía. Salimos bastante reptiles hacia la circunvalación y entramos a darle. Dos fueguitos sutiles en la circunvalación, como esa sonata de Bach que tiene su placentera continuidad. Dos, remamos más. Y nos remamos la vuelta entera, pedaleo de lengua también acompañó.
Cuando llegamos tostadas con dulce de leche y en la tele, justo, dos corredores astronómicos plena euforia de olimpíadas, pedaleando en posiciones absurdas y hermosas. Carreras cortas. Gota a gota. La vuelta se hizo de noche, noche templada, ausencia total de la gravedad. O no siento las piernas. O las piernas son de la bicicleta.

"El cuerpo son las ruedas. La mente es el motor", me dijo.


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