martes, 30 de diciembre de 2014

Trescientos treinta: El último día del año

Con las últimas energías que me quedan, entro a mi casa, me recibe la gata, llena de reclamos y se retuerce contra las patas de las sillas. Se ha muerto la hierbabuena pero todo lo demás sigue en pie y es fantástico el silencio del último día del año que recién comienza. La gata se acomoda a la par de la computadora y me mira mientras escribo, estamos solas, estamos tan bien. La miro, le digo que la extrañe, ella me ignora pero sé que vendrá esta noche a la cama como tantas otras. Ojalá soñemos el mismo sueño y sea aquel donde tan perfectamente nos entendemos. Ojalá también que dure lo suficiente para hacer las paces y que mañana no haya más reclamos por ausencia y quizás la hierbabuena también tenga ganas de arrancar de nuevo.
Me gusta la medianoche que trae lluvia y el amanecer lluvioso cuando estoy en la cama, me gusta saber que mañana es otra cosa.
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sábado, 27 de diciembre de 2014

Trescientos veintinueve: Mi pueblo es un cantor

Que se me sequen las encías al sonreir y que venga el viento zonda letal, caluroso, eléctrico y que venga después el sur, el alivio del fresco, esa certidumbre es una caricia, y que la siesta sea tan necesaria y obligatoria, que el calor se haga sopor y sumerja la mente en el caldo de los sueños, y que las birras se tomen en la vereda mientras dos viejas vecinas pasan escrutando, que tus amigos sean eternos como las cucarachas, que hablen tu misma lengua y el cielo sea el más grande, el más lindo del mundo en este instante.
Todo eso, es el suspiro del hogar.
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sábado, 13 de diciembre de 2014

Trescientos veintiocho: El meollo

Sé que la realidad no es, sencillamente, atravesar una plaza a las tres y media de la mañana, pero aún sí enfrentar el vértigo de la plaza circular, ir hacia ella, decidirlo segundos antes, ir con confianza, sumergirte en ese obstáculo mental y ver qué no es el fin del mundo es gran cosa. Aún cuando pocos andan. Después de haber restaurado la bossa de otrora, cantarla a viva voz, tocar sin temor, aún a las tres y media de la mañana es gran cosa. Ver a tus amigos, felices, crecer, cumplir años, hacernos todos mayores, crecer juntos, lo es. Es sumergirte en la plaza circular, cantar, encontrarlos, reconocerse entre la música y los rituales, los chocolates y los panchos antes. El meollo, la bolita de pasta de maní del bonobom, la bossa, que el tiempo pase y sea lo mismo y alegrarte de que hay cosas que son lo mismo aunque todas las otras estén cambiando, que el árbol crezca y entre por la ventana, todo, todo eso es una maravilla.
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viernes, 12 de diciembre de 2014

Trescientos veintisiete: Intoxicación

Soy esa clase de gente que no puede hacer pie muy seguido, que va de un extremo al otro, que no sabe nada de medias tintas. A esta clase de gente, en esta parte del mundo llamada periferia, nos pasa que intoxicamos por desmesura. Sucede que vamos a un lugar por primera vez, atravesamos la pista de la milonga, nos clavamos tres empanadas de carne de extraña procedencia, exquisitas como todo lo de extraña procedencia, y dos días después tenemos fiebre, cólicos, sensación de muerte prematura.
A esta clase de gente, nos gusta, sobre todo en diciembre: beber, comer, asistir a fiestas, bailar hasta dolernos las piernas, fumar hasta dolernos la garganta, dormir lo indispensable para poder ir a la fiesta del día siguiente y además, tener muchos proyectos por incapacidad de decir no ( a las fiestas también a veces se va por la misma incapacidad).
El resultado es, lisa y llanamente, reposo y dieta brutal, sin desaparición completa de las fiestas, lo que requiere un inventario de excusas para justificar la sobriedad, situación que los borrachos rechazan bastante e insisten en cuestionar. Así, esta clase de gente pasa a la fase "rescate" por, al menos, tres o cuatro días cuando el cuerpo da el visto bueno para la reinserción en la fase "fiesta" y así sucesivamente hasta la muerte, prematura o no.
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jueves, 4 de diciembre de 2014

Trescientos veintiseis: Maldición de la siesta

Por lo general, no recibo cantidades suculentas de mensajes y llamados HASTA que decido acostarme a dormir la siesta, una siesta mínima. Cuánto más mínima, más demanda de atención llega a través de la línea. En esos momentos, deseo fervientemente ser una ermitaña sin celular, aparato que se vuelve odioso en circunstancias tales.
Me meto en el sobre, estiro bien las piernas, me tapo como si fuera invierno, amaso la almohada como me enseñó la gata y me dispongo feliz a encarar el profundísimo subsuelo del sueño. En eso, me llama padre, me dice que quiere comprarse una cámara. Nunca tiene tantas pero tantas ganas de hablar como entonces, me pide cada detalle, me cuenta cada evento. Lo festejo sí, pero no ahora por favor. En eso, veo como se me va yendo el tiempo, corridas de minutos infernales. Después llega una catarata de mensajes personales, luego los grupales, un sinfín de interacciones que no puedo evitar porque no sé decir no a lo inmediato, pero puedo postergar indefinidamente cantidades de otras cosas mucho más importantes. Y pienso: esto no me pasaría en San Juan. La mística de la siesta está rota en este conurbano.
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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Trescientos veinticinco: La psicosis

Mientras espero que me atienda la empleada la librería calmo mis fieras y decido permanecer.Cuando finalmente el turno me toca a mí, la  chica me muestra los mapas, elijo el más lindo y me dice: "la gente está loca. Vienen 8 o 10 personas al día completamente incoherentes". Le digo: "es un mal social. Todos estamos asi". Y ella dice: yo estoy loca, yo soy gente. Y se queda largo rato hablando mientras yo pienso en lo que voy a escribir esta noche, sí, ésta, sobre lo que me está demorando. "Hoy vino una y me dijo que le haga rollitos chiquitos con los 66 metros de papel que compró". Yo pienso en hacerle un chiste con mi compra, pero no. Parece que no me va a cobrar, que mi paga es la escucha atenta. Siento que soy una cronista irremediable, sin cámara en mano, con una memoria absorbente que lee todo a su paso. Yo soy la loca que hace minutos quería rajar porque estaban tardando demasiado. Por suerte, el arte me calma, me sacia, las películas que yo me hago sobre los textos que voy a escribir para no ser una de los 8 o los 10.Todo lo que existe alrededor me confirma, y ésa es mi psicosis, pero nadie la nota. Hasta que un día me descubran, hasta que un día me descubran.
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lunes, 1 de diciembre de 2014

Trescientos veinticuatro: Preguntas ocasionales de medianoche

Dos grandes preguntas me asediaron hoy. Una, por qué en mi casa el inodoro se ubica a mi derecha y el bidet a la izquierda y las casas a las que fui hoy al revés. Dos, por qué la gente guarda tantos encendedores que no funcionan.
Esbozo unas hipótesis al respecto: todos los inodoros van al cielo, pero el de mi casa está bien ubicado y el resto no. Siempre se empieza por el inodoro y, en todo caso, se termina en el bidet. Nunca al revés.
La acumulación de encendedores que no funcionan habla de una dificultad para soltar el pasado, más allá de la utilidad ocasional frente a las hornallas y las quemaduras implicadas en seguir tratando con el pasado.
No sé, se las tiro. Hay cosas peores, pero esto puede ser suculento si se lo mira con detenimiento.
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domingo, 30 de noviembre de 2014

Trescientos veintitrés: Las cosas que ya no existen

No sé qué me gusta más si la noche bailando hasta el amanecer, aunque llueva brutalmente o el domingo de resaca comiendo canelones, jugando al scrabble, conduciendo con el disco eterno. No sé. Vuelvo a los lugares, las cosas no han cambiado tanto. Quizás un poco yo, un poco poco. Bebo considerablemente hasta el estado pleno de la bebida. Bailo considerablemente y no me canso. No me duelen las piernas. No me duele la noche al otro día. Creo que todo es un estado de la mente. Por eso, me levanto como si nada, no me quejo de las cuatro horas de sueño. El mundo se abre paso tras el parabrisas. Es día nublado y domingo podría caer al lodo, pero una sucesión de eventos que no elijo deliberadamente hacen que el gasto de energía tenga su usufructo.
Las cosas no han cambiado tanto pero el cuerpo es un lugar mejor, despejado de ideas de cosas que ya no existen.
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viernes, 28 de noviembre de 2014

Trescientos veintidós: La vida como videoclip

Qué lindo es despertarte con la cara de tu gata en la mesita de luz cual velador, sin maullidos, sino simplemente  contemplándote con esos ojos de oso panda chino que tiene. Y qué lindo subirte a la bici, re dormida y que una oleada de viento a favor te empuje por las calles a una velocidad que crees irreal. Que mientras estás trabajando escuches un tema y que se tema te lleve a un disco y que quieras que se cumpla la hora de trabajo para irte en la bici escuchando ese soundtrack. Y que después, ansíes ir a la verdulería a la hora pico solo para seguir escuchando ese disco una y otra vez, mientras ves a la gente y ves un videoclip interminablemente divino. Qué ricas las paltas con mayonesa y limón en las traviatas, y las empanadas gratis y los chocolates suizos que me trajeron hoy. Me encanta el verano, incluso cuando llega la noche y el viento me pone la piel de gallina, y tengo el techo lleno de estrellas que brillan en la oscuridad y que nunca nunca nunca se van a apagar porque no entraron en la obsolencia programada.
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jueves, 27 de noviembre de 2014

Trescientos veintiuno: Cosas buenas pasan los días de insomnio

Con cuatros horas de sueño, deambulé por la ciudad en mi rollsroyce tarde y noche. Dos veces intenté dormir la siesta, lo que se tradujo en una gran pérdida de energía no renovable. Pese a todo, la sensación de estar despierta en estas condiciones es bellísima: poco sentido del riesgo, baja inhibición, hiperactividad. Una vez un psicólogo al que fui me lo dijo. Entonces, realicé una a una las cosas pretendidas con sumo éxito. Amplié mi patrimonio instrumental entre las 3 y las 3 y media de la tarde, desembolsando todo mi saldo del 2014, cual papá noel consagrado a mí misma. Tanteé las llaves, el color y el cuerpo de esos sonidos. Fui feliz.
Después arrastré mi cuerpo en el rollsroyce hasta el salón de los espejos. Bailé como el viento, caótica y fatal, me estampé contra la pared y el espejo, di giros, contragiros, sacudones. Sudé con encanto y palpitaciones, y me fui. 
Comí sushi a la velocidad de un rayo, mientras empezaban a crecerme raíces a las sillas, los sillones y los pisos de mosaicos. Despegué las ventosas y salí en el último trayecto hasta encontrarme con los hinchas en el kiosco de la esquina (vamos riverpleit). Visualicé la cama, la gata sobre la cama, mi cara sobre la gata. Escribí hasta que se me durmieron las pestañas. 

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martes, 25 de noviembre de 2014

Trescientos veinte: Clínicas

Deambulé en clínicas varias veces en un mes. Hay algo encantador en acompañar. Me impregno de una paciencia sin igual. La vida en esos pasillos, en esas habitaciones está llena de esperas. Pero esa espera no me daña, más bien me engorda como un buda. Puedo pasar horas esperando, y si me da por llorar, lloro afuera así sin más, una buena playlist para invitar al llanto. Tengo suerte de ser una persona con ocupaciones móviles, bien predispuesta para interpretar el rol de enfermera si así se requiere. No sé bien qué placer me evoca. ¿Será que me precisen?
A veces pienso demás y me voy en elucubraciones, me voy, llego muy lejos y vuelvo. Todo ha sido tan sencillo en estas clínicas, todo tan programado que no puedo enredarme en la tristeza mucho tiempo. Hay cosas que vienen tan a propósito, como ésto, justo ahora que tengo el tiempo y la energía para ocuparme de estos asuntos. Y me reconforta tanto no lidiar con nada gris, nada áspero. Tan solo estar ahí, esperando que la traigan de vuelta, entusiasmada, haciendo chistes, inquieta con su brazo dormido a cuestas. Es inevitable la emoción, es una ardilla. Quiero estar toda la vida esos instantes. 

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lunes, 24 de noviembre de 2014

Trescientos diecinueve: Puente

No sé cómo se explica la ligadura que va desde el viernes hasta el lunes a la noche o inclusive el mismo martes cuando la aguja supera el eje vertical. No sé, tengo un cúmulo de imágenes y en la vigilia trato de ordenarlas antes de irme a dormir.
Puente significa aquí atravesar sin detenerse. Y eso fue. Varias películas pochocleras cuya trama, símil, completamente olvidables, hasta necesariamente prescindibles. Algunas fiestas, bastante exceso, mucho conducir en tercera de noche, tomar diagonales, repetir los mismos tracks hasta poder decir la letra de atrás para delante.
Puente es amnesia selectiva. Desayuno medialunas exquisitas, le digo al panadero que es todo, que es el mejor del barrio, apenas sonríe. Me avergüenzo. De repente se me viene la imagen del patova apuntándome con el láser verde a los ojos (un poema que habla del verde, por ahí también), me empuja, le digo: no me toqués. Se enoja, yo más. Me lleno de furia, me tengo que ir. Suena una banda genial, el cantante no me gusta, pero esos vientos, esos vientos, me arrodillo.
Hablo gran parte del tiempo desde la cama, como ñoquis en la cama también, es feriado me permito todo- Leo libros de poesías que ya leí, me rememoro, me relamo las heridas que se abren. Obligo a la gata a dejarse mimar. Toco chacarera trunca, estaciono a noventa grados, fumo cigarrillos robados. Y no quiero que acabe, pero sí, tiene que acabar, es el encanto de lo finito.
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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Trescientos dieciocho: Todo es un poema o una canción

Me subo al bondi, después de la tercera repetición del electro hit radial, empieza a sonar un encadenamiento melancólico de temas mal grabados, casi improvisados, tremendamente cursis pero brutalmente sinceros. Los escucho una y otra vez, me lleno de ellos, se me llenan los cuencos. Me gusta cómo suenan pero me descosen las heridas. Los había guardado tan bien, los había olvidado tan prolijamente que me da un poco de bronca que aparezcan así, el día feriado que llueve y yo igual trabajo y curso. Son gajos de mí, desprendidos de mí. Soy yo la que era. Me sonrío y lloro, todo a la misma vez. Son libres y están presos en el dispositivo. Todo es un poema o una canción, el agua se escurre entre los dedos, pero todo es un poema o una canción.
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lunes, 17 de noviembre de 2014

Trescientos diecisiete: Conducir hace bien

No puedo conducir si no es con un disco sonando. Hoy me subí al auto y decidí abandonar aquél que bautizó mis primeras salidas y probar con el compilado de Fito Páez. Un remís obstruía la salida pero Dale alegría a mi corazón me dejó llenarme de paciencia y evitar la bocina.
Salí tranqui, puse tercera con confianza, después del finde que pasó ya no le temo y el auto así es más feliz. Fueron pasando los temas y fue creciendo la intensidad del canto. Bajé las ventanillas y dejé que el aire caliente me tocara la cara. Iba llegando mi adolescencia y los perros no se me tiraban a las ruedas. Todo era tan perfecto como Telma y Luisa. Delante de mí, el espacio se abría como en el cine 3D. Se abrían los árboles, los autos estacionados y las bicis se abrían. Y en eso llegó, tus regalos deberían de llegar y encontré una tercera voz espontánea, así como si nada, sin esfuerzo. Nada invitaba a bajarse, los regalos llegaban de aquel lado del mundo donde habitan las voces que salen cuando uno pone tercera.
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sábado, 15 de noviembre de 2014

Trescientos dieciséis: Déjate caer

(Homenaje a Turbio)
Turbio trasnochar todos los días de la semana y tener que trabajar. Turbio que llegue el sábado a la noche y desear la cama. Turbio trabajar ese sábado por la mañana. Turbio viajar a capital ida y vuelta en tres horas, también ese sábado. Turbio que sea el cumpleaños de tu amiga y sigas tomando ferné como al mediodía mientras se te caen los párpados. Turbio volver a tu casa cuando todo el mundo está yendo a las fiestas. Turbio volver para escribir, escribir antes de dormir, fumar antes de escribir. Turbio dejar a la gata encerrada en el balcón llorando sobre el tender. Turbio este sábado. Turbia yo.
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jueves, 13 de noviembre de 2014

Trescientos quince: Sincronías

Hay días en los que todo entra en trance, en coordinación perfecta o casi.
Voy a la parada del bondi, justo viene. Voy a la plataforma de la terminal, el otro me espera. Me meto en la boca del subte, está llegando. Regreso. Me meto de nuevo en la boca del subte, está ahí.
Todo se vuelve sumamente liviano. Espero en la parada del 202, me llama un amigo, vive a dos cuadras. Necesita algo de mí, me lleva a casa, hago la entrega.
Me meto en el sobre, me salgo del sobre. Bailo, me duelen las piernas pero estoy en trance. Me como una pizza con ananá, un trago, nos regalan otros dos. Empieza el recital, es el disco que escuché toda la semana. Bailo, entro en trance, me duelen las piernas.
Pedaleo, tengo el disco del recital en mi mp3 y es todo mío, lo compré por un dólar con cincuenta. Pedaleo, la noche es mía. Tengo las células llenas de espuma.



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martes, 11 de noviembre de 2014

Trescientos catorce: Bailar en el silencio

De la música, al texto, del texto al cuerpo. 
Cerramos los ojos. Todas estrellas en el piso. Ella leyó varias veces como un mantra leía. Y el cerebro acomodaba, buscaba, decidía entre todas las palabras una sola palabra. Mi palabra fue "esponjoso". Entonces, el cuerpo empezó a palpitar más fuerte, más rítmico, más intenso. Me sentía medusa empujando, oponiendo resistencia a todo con las manos, con los pies, intentando despegarme del piso, deshacerme del peso sin perder el ritmo. El cuerpo sonaba y hacía sonar el agite, arriba, abajo, aleteando como un pez, como un pájaro a veces. Sentía las ventosas en los dedos succionando el piso y soltándolo y volviendo a succionar. Yo me succionaba, el tiempo se desvanecía. Los otros cuerpos y el mío hacían ecos por todos lados. Sucumbí al encanto del movimiento incesante, de los ojos cerradas, de la música interior. Todo fue un viaje galáctico, yo era espuma de emoción en el vaivén. Y en el final, volví a ser una estrella inmóvil, titilante la sangre, furor en los ojos que se abrían de a poco para reconocer el mundo. 

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domingo, 9 de noviembre de 2014

Trescientos trece: Observo, luego existo

Lo que más me gusta de Capital es que puedo observar a la gente mientras viajo en subte o en bondi o mientras camino por la calle. Puedo mirarlos indiscretamente porque no se inmutan ante la mirada del otro, la otra, yo.
Mientras esperaba el último bondi de la saga del día, vi un grupito de tres: dos chicas y un chico. Él se acercó a preguntarme lo que yo antes le había preguntado a algún otro. Por lo que hablaban supuse que eran tiempos de conquista.
Más tarde confirmé. Mientras viajábamos (de parados) él miraba a la de pelo corto que, a su vez, le daba la espalda completamente. Cada tanto él apoyaba una mano en su blusa, osaba tocarle el pelo y volvía a su celular. Ella hablaba con su amiga. Era brutal el lenguaje de esos cuerpos. El deseo de él por tocarla, el rechazo, la indiferencia de ella. No sé bien porqué me compadecí de él, de su juventud enamorada.
Así continuó todo el viaje y cuando el bondi se rompió y nos quedamos varados en la autopista, ellos bajaron y la distribución corporal se armó automáticamente igual. Deseé que él se perdiera en otro viaje y, de hecho, pronto los perdí de vista.
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viernes, 7 de noviembre de 2014

Trescientos doce: Viernes entre gente

Hoy desperté de un sueño del que no quería irme. Había una playa al atardecer y un francés que me hablaba en español. Recuerdo su cara con el reflejo naranja del sol y el color de la piel. No íbamos a ningún sitio, solo permanecíamos impasibles allí. Nunca vi su cara fuera del sueño -que yo recuerde- pero al despertar ya no estaba allí (el dinosaurio tampoco estaba allí).
Tuve que aceptar la cotidiana. Salir para el trabajo, trabajar y volver. Una serie de amigos, una serie consecuente, se fue armando y de uno a uno iba creando un jardín lleno de conversaciones. Apenas tuve respiro y, por suerte, porque no quería clavarme las botas para meterme en un lodo emocional. Preferí más bien entregarme al ocio y al divague circunstancial que me alcancen todo el tiempo un vaso lleno de vermú y -sin preguntas- beberlo lento, y -sin preguntas- ponerle un hielo y seguir bebiendo mientras se aguara el amargo obrero y la noche también se aguara y -sin preguntas- ya anestesiada, me secara la cara así, simplemente, me volviera a hundir en mí.
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jueves, 6 de noviembre de 2014

Trescientos once: Buenos Aires

Bondi, otro bondi, subte. Nueve y pico de la noche. Dónde queda beruti, pregunto. Dos para allá. Toco timbre, baja mi madre, feliz con su departamento 12 B. Tiene aire acondicionado y dos plasmas, me dice. No lo vamos a prender, al aire, le digo. Compro 4 tomates y una palta. Comemos y nos metemos a la cama grande. Tele. En terapia, quince minutos. Otro tanto de Nazarena Velez en el programa de Su. Dormimos.
Vamos al hospital, esperamos, esperamos. Finalmente se llevan con la morfina. Está contenta. Debe ser la morfina.
La devuelven como nueva. Me relevan, me voy.Me pongo los auriculares bien fuerte, Atoms for peace. Bailo mientras camino. Nadie nota nada pero yo estoy bailando. Subte hasta el moño. Combinaciones perfectas. Engancho el bondi justo a tiempo y duermo con el sol en la cara. Me despierto en mi ciudad como nueva. Tengo un aire a Buenos Aires en el cuerpo, nadie lo nota, solo yo. Otra vez el disco, otra vez el bondi, otra vez bailo. Creo que Thom Yorke se lleva perfecto con Buenos Aires.
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martes, 4 de noviembre de 2014

Trescientos diez: Ya no me aburro

Lo pasé a buscar. Me explicó que el parabrisas empañado de atrás no se limpia haciendo círculos, sino cómo se leen los libros de este lado del mundo. Pensé: qué bueno que aún existen esos que saben cosas prácticas que la poesía no entiende ni entenderá porque no está para eso, precisamente.

Es una osadía y una odisea para mí abrir un aparato electrónico. Siempre me tentó la idea pero mis intentos de reconstrucción fueron, también, siempre inútiles, así que hace algunos años ya que prefiero evitar daños mayores y dejar que sean otros los que desarman y vuelven a armar tales cosas. Entonces, procedió: destornillador imantado en mano, fue sacando una a una las partes a pedido mío. Él era el brazo ejecutor.
Y llegó el momento de soplar. Todo se resuelve soplando. Soplé yo, sopló él. Cerramos todo. Increíblemente (para mí) no sobró ninguna parte. Y pusimos la versión trucha del disco adrenaline de deftones y empezó a correr y empezó a vibrar todo, plena noche musical, metal. No sabemos quién dio el golpe mágico de aire.  Fue un viaje onírico. Y los discos se sucedieron uno tras otro, en ese paraíso qué es el cd, qué era el vinilo otrora, fui feliz.
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sábado, 1 de noviembre de 2014

Trescientos nueve: Son todos cómplices

Hoy me subí a un colectivo de vuelta desde Villa Elisa porque no me animé a subir al Distribuidor. Tampoco vi -cuando me llevaron de ida- que hubiera autos a la derecha que llevaran el cartel que tengo yo que dice, gigante: PRINCIPIANTE y, además, hacía mucho frío y tenía miedo de  que lloviera o lloviese, como decían las conjugaciones de la escuela. Hoy me subí a un colectivo y el colectivero era muy simpático, cuatro con cincuenta, había un lugar al lado de un pibe que yo escuché que escuchaba cumbia muy fuerte en los auriculares. Hoy me subí a un colectivo y no me puse mis auriculares, ni agarré la agenda para hacer dibujitos, intenté unos poemas en el editor del celu pero no quisieron salir. Entonces, calladita, empecé a llorar tratando de que no se notara porque tenía los anteojos y podría ser tranquilamente un reflejo. Y el colectivero cada tanto paraba y se bajaba y puteaba y yo seguía llorando y la gente subía y bajaba y yo seguía llorando y el pibe de al lado se dio cuenta que se me estaban cayendo las velas, se dio cuenta que no era gripe. Fueron muchas cuadras y estaba muy nublado. El pibe decidió bajarse en la terminal y yo seguí, justo no tenía pañuelitos pero no iba a pedir. Hace bien llorar con tanta gente alrededor, son todos cómplices.
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jueves, 30 de octubre de 2014

Trescientos ocho: La imaginación irresistible

Hoy me metí en una bella librería  y leí un libro de poemas elegido al azar bajo los rayos de sol que se metía por la ventana. Después llegó él, yo tenía un entrevista. Me ofreció agua, mate, yo sólo quería hablar. Sinteticé mi vida en pocos párrafos, él miraba su computadora. Pensé: yo escribo desde que tengo ocho años, escribo desde que aprendí a escribir, escribo porque sí, pero escribo para vivir. No vivo para escribir, no sé si me oficio es escribir. Yo creo que no tengo un oficio, yo tengo aficiones. Pero mis aficiones son mi todo. Entonces, él me decía qué significa publicar para ellos y yo me iba imaginando todo, me iba llenando de vértigo también. Porque un día vas a tener treinta y vas a querer ver tus poemas impresos sobre páginas y vas a querer marcarlos con lápiz como marcaste todos tus libros de poemas y vas a querer doblarles la puntita a los que más te gustan para encontrarlos rápido. Porque, te das cuenta, que te gustás. Porque hace veintiún años volvés y volvés y las palabras siempre están ahí para vos, para decirte lo que ya sabes pero querés sacarlo, releerlo, frizar el momento, hacerlo brillar o hacerlo trizas. Y salí con mi bicicleta y mi música auricular y pensaba: yo creo que estoy muerta y voy a publicar poemas póstumos pero esto es lo más parecido a la vida que sentí.
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Trescientos siete: Si la lluvia

Si la lluvia te corta la luz de tu trabajo y vos vas igual y te perdés un concierto hermoso por ir a trabajar y no podés trabajar pero igual te tenés que quedar y después volvés a tu casa y subís 8 pisos por escalera porque tampoco tenés luz porque llueve muchísimo porque el cielo está muy enojado andá a saber porqué y bajás 8 pisos por escalera porque no podés concentrarte porque la lluvia te distrae, te trae emociones tristes, y caminás 3 cuadras y te re mojás, pero llegás a una casa y te abrigan, te preparan un té, te ponés a hacer lo que tenías que hacer y la lluvia sigue cayendo pero van al piano y tocan una obra a 4 manos que estás leyendo por primera vez y te olvidás, te olvidás del tiempo y sólo queda la música y el abrigo y la casa y los tés y las conversaciones, entonces, venciste.
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lunes, 27 de octubre de 2014

Trescientos seis: Soy un álamo en la llanura

El calor tropical cedió a la lluvia. La marea climática bajó. Cuando dejé atrás el oleaje de manos al que invita Schumann, fui por la dermaglós a la farmacia del barrio. Le pregunté por la balanza. Sigue rota, me dijo. Sale cinco mil arreglarla. No lo vamos a hacer. Pesate igual y restale 62. Yo peso 150, dijo ella. Me hizo las cuentas. Vos pesás 57. Hace dos semanas peso 57. Comete unas tortas, comete todo lo que yo no puedo. Me mire los brazos. Soy un álamo en la llanura. 
Después partí el miñón a la mitad y unté el pan con manteca. Comí glotona y con toda la grasa entrándome en las venas, fui por el blues, el viejo blues que esperaba bajo la cama a causa de las ráfagas. 

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domingo, 26 de octubre de 2014

Trescientos cinco: Tirate un pa

Preparamos los mates y el mantel y partimos en una aventura intergaláctica folklórica. Llegamos, nos sentamos entre los brazos y las piernas de la gente, haciéndonos un hueco sutilmente. Cuando ella cantaba la zamba del lozano, a mi se me apretaba el corazón, me acordaba de cómo me sorbí las lágrimas cuando volví a Jujuy porque la zamba es una cosa que yo no sé pero me canta por dentro. Y cuando eso terminó, fuimos en busca del pan relleno, siguiendo el rastro de los comensales, preguntando aquí y a allá y hasta ligamos en el tránsito un poco de birra caliente para enjuagarnos la boca. 
Cuando accedimos al morfi, atravesamos el bosque hasta dar con un hueco de tierra despejada, y soltamos los brazos en ese abrazo invisible. Hicimos giro, medio giro, avance y retroceso. Yo agarré con mis pinzas el pantalón, me sentí de trenzas. Ella levantó el polvo de tanto zapateo salvaje. Y en la coronación concluimos muy bien la digestión. Se me agitó tanto la sangre que yo no sé si era alegría o taquicardia, pero el bombo con un repique me devolvió de golpe a la realidad. Nos fuimos yendo, dejando atrás el humo del chori y el encanto de la muchedumbre mansa de felicidad. 

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viernes, 24 de octubre de 2014

Trescientos cuatro: Cómo duele la belleza

Llega el viernes. Tengo turno y alegría. B. prepara el transfer, las tintas, los guantes. Observo la paciencia con la que prepara todo. Admiro su vida sin apuro. Me subo al camilla con mi Murakami actual. Suena el torno.
Leo una hora sin parar. Luego vienen lentamente los dolores, tras las cosquillas. Llega la gente. Una se quiere tatuar la cara del hermano y unos nombres formando el infinito. Vuelvan en una hora, les dice. Yo vuelvo a las páginas, él vuelve a su obra. Miro de reojo como se van tranzando las líneas y aparecen los colores. Vuelve el dolor con más fuerza. Yo pienso qué masoquista que soy por la belleza, me vuelco en mi película muda. Imagino cómo va creciendo en el tobillo la flor que sumergiré en el mar cuando llegue enero. Lo bello duele y sana, todo sana, pero con calma en la orilla, yo contemplo.
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Trescientos tres: Hay caballos alados

Anoche tuve 16 otra vez. Los dieciséis que no tuve nunca, a decir verdad, porque a mis dieciséis creo que ni sabía el significado de stencil en mi tierra árida. Me gusta la gente que siempre se ve joven y yo me vi joven frente al muro, las manos dentro de bolsas llenas de pintura, sosteniendo las placas, estampando el calado. Ahora tengo casi el doble (exagerando).
Una birra como para aflojar tensiones y manos a la obra. Ella sopleteaba y yo sostenía bajo los rayos del neón. Éramos tan felices. En eso sentimos unas voces. Dos chicos con longboards se cruzan para chusmear. Justo estábamos haciendo los pajaritos que se besan. Preguntan: quién es los hizo. Ella dice: ella. Uno vuelve a preguntar: y ése qué significa. Yo me avergüenzo. La insiginia de mi stencil tiene dieciséis años. Yo respondo, rubor y calor. Ellos festejan el pegaso y se van. Nos reímos exultantes, como dos adolescentes al salir del colegio.
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miércoles, 22 de octubre de 2014

Trescientos dos: Tengo un jardín hermoso

Me gusta el calor, me cambia el humor. Es guitarra, birra y bicicleta. Me tomo el bondi sin problemas. Viene explotado de gente. No me importa, abrí la ventana, por favor. Me encuentro con dos compas. Desde lejos, vemos la ranura trasera de un obrero trabajando la tierra en el puente de Berisso. No le importa, es el calor. Subo las escaleras, hay blues y ragtime, saco fotocopias fanática. Y dame también esta de Salgán. Abrazo los papeles. Me tomo el bondi. Atajo la bicicleta. Damos la vuelta a la circunvalación. I. trajo agua, yo no. No me importa. Dobla un bondi encima nuestro, es inmenso. Ella dice es una ballena, yo digo es un dinosaurio. Nos reímos del susto. Vamos por la birra, se me cansan las piernas. Gritamos cinco veces el nombre de M. en la puerta de su casa. Luces apagadas. Nos vamos. Compramos la birra, veinte pesos. Miramos uno de Capusoto, yo le digo mirá este de Moguilevsky y tutoriales de sellitos de goma. Ella se va. Yo agarro la guitarra y rumeo canciones. Tengo un jardín hermoso en el octavo piso. Tengo un malvón lleno de pimpollos.
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lunes, 20 de octubre de 2014

Trescientos uno: Abre

No hay momento más exquisito que destapar el germinador algodonado y descubrir el asome. La carita, la manita blanca de un brote, qué más da. Armé un sommier para siete prometedoras semillitas siguiendo la instrucciones precisas de O. Y desde entonces, todas las mañanas, destapo los platos hondos para ver el interior de ese ecosistema artificial que he creado para las niñas.
Como cocinera amateur que abre el horno y no deja levar la torta, yo abrí sistemáticamente (a veces dos o tres veces al día por si acaso) para ver el fenómeno conmovedor, no sin temor a interrumpir el proceso pero con las ansias inevitables que evoca traer al mundo semejantes plantas.
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domingo, 19 de octubre de 2014

Trescientos: Espontánea

Este domingo no se sintió domingo. No sé si el calor del mediodía, o el sol que despertó a las siete y media de la mañana con la gata sobre el abdomen o el frío que vino tras la noche. Después de veintinueve años no logro identificar qué es lo que hace a los domingos domingos y como al resto de los días sus respectivas sensaciones. Lo único que sé es que la felicidad nace de la anulación de la cabeza cada vez con mayor fuerza. Abrir un libro, leer las líneas y sentir. No pensar, sentir.
Vuelvo de ver una obra. Me gustaría ser más afectuosa con los desconocidos porque es una fuerza que me viene y yo reprimo y alguien te abraza y ahí entonces, es cierto, es tan simple como eso, es el cuerpo.
Me gusta el teatro porque los actores prestan su cuerpo a un desfile de emociones prestadas. Lo brindan con una sencillez que me quita el aliento. Están dispuestos a todo. Y yo no pido tanto siquiera, pido a secas poder decir cómo estás verdaderamente y escuchar la respuesta y no volarme tres segundos después. Pido al universo que mi corazón y mi cuerpo sean algo que se da sin mayores problemas, sin pedir nada a cambio, sin prolegómenos, prestar el cuerpo a mí misma.
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sábado, 18 de octubre de 2014

Doscientos noventa y nueve: Toma la ruta

Hoy decidí firmemente encarar las calles con mi bólido. Cohabitante L lo dejó bien fácil. Solo bastaba una maniobra y salía. Tomé la ruta obligada porque aún no estoy preparada para ser infractora voluntaria y doblar en U. De tanto pensar en cómo se manejaba la máquina me pasé un par de cuadras y me tocó cruce de diagonales. Sin sobresaltos, seguí. Llegué sana y salva a mi primer destino. Justo Dios me había dejado servido un gran (grandísimo) espacio para meter el auto en otra sola maniobra. Pero tenía que darle un besito al bólido delantero. Por suerte el dueño de aquél, era Dios en persona y me perdonó mis exabruptos al acomodarlo. Esa obsesión por buscar el paralelo al cordón, aún cuando la sensación de paralelas nunca es la realidad de las paralelas (he dicho).
Se relajó completamente al ver que apagaba el motor y me habló como se habla de conductor a conductor y se me infló el pecho como una paloma.
Luego bajé y le pregunté qué es lo que me había dicho: yo pensé que me iba a felicitar. Y cuando oí bien, en realidad me decía que estaba dejando las luces prendidas
Me ruboricé y encogí el pecho, mientras dejaba atrás mi cartel de principiante.


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viernes, 9 de mayo de 2014

Doscientos noventa y ocho: La resonancia

La resonancia magnética puede ser la simulación del féretro o, si se la mira con optimismo, una buena instancia para practicar un acercamiento a la meditación.
Cuando el doc. recetó hacer resonancia magnética comencé a hacer los relevamientos pertinentes a cualquier práctica inicial: cómo es, cuánto dura, duele?
Y el relevamiento me arrojó este resultado: si estás ansioso, ni lo intentes. Pero yo no estaba ansiosa aunque soy ansiosa, estaba únicamente ansiosa en atravesar la experiencia del tubo blanco ruidoso. De cualquier modo, I. me dio el buen gusto de acompañarme en la hazaña. Iba preparada para la desnudez, pero me dijeron: dejate todo, sacate el metal. Y me explicaron cada pequeño paso y me senté en la camilla, me pasaron los auriculares, una goma para apretar si tenía miedo y me metieron al tubo. Y una vez allí, pensé casi toda mi vida. Porque veinte minutos es un montón para un ser vivo en un féretro. Replanteé prácticamente toda mi vida. De a intervalos, tomaba grandes bocanadas de aire, cuando venía el silencio y emergía la música de Enya en los oídos. Tuve ganas de apretar la goma varias veces y decir que los auriculares no sonaban bien, pero después pensé que todo eso me haría permanecer más tiempo en la quietud y pensé en el infinito blanco y en el infinito tiempo y en la infinitud de la vida en esos veinte minutos, pensé: cuando todo esto acabe voy a poder volver a bailar y mi mente bailó.
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domingo, 27 de abril de 2014

Doscientos noventa y siete: Hola Ma

Hola Ma. Creo que me estoy volviendo adulta y respetable. Creo que estoy entrando al sistema porque hoy fui a aprender a estacionar al bosque y no maté a nadie y el coche está bien también. La gente me mira distinta cuando me bajo del auto por el lado del conductor, aunque a  mí siempre me va a gustar más ser copiloto porque tengo menos responsabilidad y puedo elegir los discos.
Es raro.
Hoy probé una de las berenjenas en escabeche que me enseñaste a hacer. Me quedaron blanditas. La verdad es que estaba chateando y me las olvidé en el fuego así que creo que resto puntos, pero de sabor están buenas. Me gusta tener berenjenas en escabeche en la heladera como tener una moneda de cincuenta en la billetera cuando el kiosquero me la pide. Me hace sentir bien. Creo que me siento más adulta por tener esas consideraciones y ser más anfitriona aunque estén blanditas.
A veces creo que es muy fácil acceder a ese mundo,  con el carnet de conducir y el frasco de berenjenas bajo el brazo. No necesito hacer aportes.
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sábado, 26 de abril de 2014

Doscientos noventa y seis: Un pase

Sábado a la mañana. Llevo la bici al doctor. En media hora venite, me dice. Voy a la verdulería de la esquina, compro mis manzanas de siempre y me siento en el cordón de la vereda, justo donde baja ese rayo de sol otoñal que te carga positivamente.
En un momento, alguien me hace sombra. Me hago la visera con la mano, lo miro, es un tipo en bicicleta, me dice: cuánto está el pase. ¿El qué? El pase, me dice. No te entiendo, le digo. No estás trabajando, me pregunta. Le digo no, no trabajo en la calle.
Se va.
Vuelve a los minutos. ¿Y vos no sabés dónde las puedo encontrar? No, a esta hora no, le digo.
Se va.
Vuelve. Me dice: ¿Y vos no querés trabajar? Le digo: no, yo estoy esperando mi bici. Me mira. Me levanto, cruzo, lo dejo atrás, ahí se queda, pedaleo en la Gloria hasta casa.
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viernes, 25 de abril de 2014

Doscientos noventa y cinco: Las vecinas desquiciadas

Viernes. Siete cuarenta y cinco de la tarde. No hay nada nuevo en facebook. Las vecinas hace una hora comenzaron a gritar. Son todas mujeres. Pueden ser dos o veinte. Imposible adivinarlo. Son como una jauría hambrienta de comentarios y publicaciones. Las escucho hablar como si estuvieran al lado, pero hay varias paredes que nos separan. Hay toda una telaraña en torno al chongo y el reggeaton. Cada tanto una Lady Gaga.
Yo ordeno mi Kosovo, poco a poco, no tengo mejor plan, no soy tan in. Vivo una vida despiadada cuando tengo el brazo averiado y no puedo hacer otra cosa que escuchar más a mis vecinas. Imagino que son pavos reales con sus colas enormes llenas de plumas moviéndolas a un lado y al otro, pero no las odio, no. No, las quiero ahí del otro lado de las puertas, agitándose tan viernes por la noche en la previa y sé que seguirán muchas horas más con sus veintipico estudiantiles.
La música que escucho es el retardo de las ondas que me llegan, la sonorización espontánea que se mezcla con mi cabeza que parla despacito entre un miau y miau de la Jenny. No hay otra cosa que hacer cuando no se puede tocar que escuchar a las vecinas desvestir su viernes.
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lunes, 3 de febrero de 2014

Doscientos noventa y cuatro: Incondicional

Me acuerdo aquella vez que me puse jevi porque mis viejos no comprendían el sentido de la amistad. Hoy parece tan irrisoria aquella conversación.
Salgo de trabajar, el bondi no viene y además no me llevaría. Entro a caminar en zig zag porque el zig zag nos hace creer que las distancias son menores cuando estás a 40 cuadras del destino y lo ideal sería sobrevolar en diagonal media ciudad. Camino 20. Me tomo un taxi. 
La ansiedad por llegar es el pis en puerta y el deseo de ver a M. Cuando la abrazo, ella me abraza más y me doy cuenta que abrazo poco y débil. No estoy entrenada para abrazar. Entonces la miro y trato de recordar cuando fue la última vez que nos vimos. Y no me viene. Pero está todo intacto. Y hablar es un fluido tan claro y blando y caluroso levitar al mediodía con la humedad clavándose en el vidrio como un suspiro o un gemido. No sé. Creo que debe ser el lenguaje que hemos aprendido a hablar y que nos parecemos tanto y a veces no nos parecemos nada. Pero a fin de cuentas, aunque a veces no tenga las palabras, y aunque a veces no te vengan, yo sé que ella sabe que la comprendo con los ojos, con el profundo escuchar que le dedico, con el abrazo más fuerte al irme. Cuando me voy, siento la cuerda que nos une y jala. 

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domingo, 12 de enero de 2014

Doscientos noventa y tres: Enero en La Plata

Más precisamente es la combinación de enero + La Plata + domingo.
 Te despertás ocho y media de la mañana y te obligás a dormir, porque es ridículo levantarse a esa hora y la última vez que te hiciste la copada saliste a andar en bici a las ocho y te chorearon tu nokia mil cien. Te obligás a dormir un tramo más. Nueve cuarenticinco es un poco más digno para alguien inactivo de veintiocho años. La gran actividad del día es: ir al supermercados, al más caro, más grande y más próximo. Vas caminando lento, te sumergís en la horda de familias que compran compulsivamente porque no pueden decirle no a sus hijos. Comprás, vos también, cosas innecesarias y cada elección te toma un rato largo como para que la visita justifique el traslado. Te volvés caminando como si fueras Libra con las dos bolsotas.
Te escribe I. El domingo se vuelve menos precario en compañía, leyendo como nerds en el bosque, dos termos de mate, clima de la costa -brisa fría del sur-.
El domingo se vuelve aún más activo con la creación de un huevo de crochet que te toma dos horas y media y es completamente inútil. Quedás a milímetros del nirvana y te da sueño, pero tendés la ropa y te sentás en el balcón a contemplar el hermoso huevo verde intenso tejido, reliquia del mundo analógico que pocos tienen el placer de disfrutar.
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