miércoles, 16 de marzo de 2011

Uno: Cenicienta

Cruzó la calle redonda, empedrada, la calle donde todos los autos toman velocidad de corriente
cuando cambió el semáforo él quiso cruzar la calle donde todos toman velocidad, él se lanzó con su bicicleta por la rampa cuando el semáforo estaba por marcar el lanzamiento de los autos run run a todo lo que dá, el se lanzó nomás apuradísimo como los del run run, su traqueteo bicicletero le hizo perder la ojota en la apurada. Se quedó él, del otro lado de la calle ya, deshauciado vio cómo los autos que runrun y ahora plaf le arrastraban, le aplastaban la ojota que había quedado justo en el medio de los adoquines y los colectivos que pasaron no eran como el príncipe en las escaleras, él se quedó mirándolo y me miró también a mí que miraba también lo de la ojota. Y el tiempo pasaba lento cuando los autos pasaban rápido y los colectivos en la curva toman velocidad de corriente, él me miró y se rió cuando vio que también yo me reía, aunque nos daba pena, nos daba risa la pena por la ojota, qué mala suerte, tu ojota. Pero yo no soy príncipe pensé. La goma no es cristal, te falta el vestido, pensé, me falta el frac. Pero tu ojota.
Su cara se trocó cuando le dieron paso, finalmente, a paso de peatón se acercó a ella y se calzó, perfecta, entre su dedo gordo y el índice, y me miró mientras yo cruzaba para darme alcance al trabajo, él se rió porque ya sabía que lo miraba para decirle que se vista despacio para cruzar apurado la calle redonda, de esas que hay aquí, qué ningún cuento tiene ojotas ni calles de esas, es que el tiempo, cenicienta, aquí tiene otro transcurrir.

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1 comentarios:

Una de las mil Marias dijo...

Me gusta la velocidad del texto, excelente transformacion del personaje historico, felicidades!.

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