domingo, 4 de diciembre de 2011

Doscientos treinta y nueve: Pereyra

Ella me produce una admiración de torre eiffel.
Ella dijo:
- Pedaleamos hasta Pereyra (Iraola)
Era decir pedaleemos tres veces lo que vos pensabas pedalear.
Porque yo pienso poco de mí. De mi cuerpo, no me doy fe.
Siempre anteojuda.

Las zapatillas eran las de mi madre, remachadas varias veces, grises, gastadas. Las calzas de mi madre también. El casco era mío.
Ella pasó a las cuatro por mí.
Yo pensé que sería ir a tocar la tierra del parque y volver.
Pero ella no tiene límites. En la cabeza no tiene límites. Por eso yo la admiro.

Y cuando llegamos finalmente al parque, finalmente fue inicialmente porque nos sumergimos en las callejuelas de tierra y ella me enseñó a usar los cambios y saludar a los ciclistas. Me enseñó que el límite es uno mismo.
Que uno es, en verdad, infinito.
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1 comentarios:

Ivana dijo...

siempre anteojuda. Qué amor.

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