domingo, 13 de diciembre de 2015

Trescientos setenta y cinco: Levels

Ella dice "levels" a propósito de la música que acaba de esfumarse de la habitación. Es una música que se siente a otro "level". De ahí en más, ésa será la palabra de la noche que ahí apenas empieza con todo. Luego ir al templo de la noche, donde otrora baile descontrolado en base a la playlist segura, lugar al que uno vuelve como remanso, con la tranquilidad de la fe.
Ni bien entramos, notamos cambios en el espacio que mucho no nos preocupan y el entusiasmo sigue ahí como un perro sediento en verano. Pero cuando empezamos a acostumbrarnos a mirar en esa oscuridad, reconocemos que muchas cosas han cambiado: camisas por demás. Preocupante. No importa, sigamos el ritmo de esta música. Y nos asimos de esa soga hasta que nos duelen las manos y otra vez, la música también ha cambiado. Último resto de esperanza. Otro "level". Nos sentamos en el hueco que deja una casa, mientras esperamos que algo dentro cambie, algo dentro nuestro, algo dentro de eso. Mientras esperamos que el sol salga, recorremos varias estaciones de servicio buscando medialunas y café cortado con poca leche, la medida justa, el auténtico café cortado. Ninguna se habilita ante nos. Se nos abre un portal 24hs., olor a salchichas y chucrut, reggeaton, pero medialunas ahí las vemos medialunas, la promo de 31 pesos. Engullimos. Todo se va poniendo a favor del sol. La dejo en su casa. El sol aparece delante del volante. Entiendo: el templo es el que abandonamos para irnos al que solía ser. El templo es el lugar donde la música suena a otro "level".

"Algo me está ben-diciendo"
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lunes, 12 de octubre de 2015

Trescientos setenta y cuatro: Pájara

El feriado que decidís reactivar tu cuerpo a las siete y cuarto de la mañana te levantás (te despertaste varias veces antes desconfiando del subconsciente) estás bastante mareada pero tenés el disco y te subís al auto y llegás justo a tiempo. Sincro. Te duele todo el cuerpo pero lentamente vas despejando las equis. Limpiás tu casa y en eso, te comés una estantería con la cabeza. El dolor se extiende sigiloso. Igual todo bien, fui a yoga, yo puedo con esto. Y te dormís una siesta superman. Y estás tan feliz con tu disco nuevo con tu amiga que vino de viaje, con las comuniones que parecían imposibles, cuando de repente, más de repente que otros de repentes, te golpea un auto y los ves, los ves irse, ves sus caras como burlescas y temerosas irse, su auto acelerar. Y te quedás ahí para siempre todavía. El corazón encogido como los niños que tienen frío. Hoy sos un pájaro caído.
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miércoles, 16 de septiembre de 2015

Trescientos setenta y tres: Capicúa bebé

Tengo un amor de dos meses que me mira con esos ojos como si el mundo fuera tan solo esa mirada y lo que mira. Yo tengo un amor que es suave y cachetón y cuando al agua sumergimos su cuerpo demasiado grande para las bañaderas de bebés, deja de llorar y abraza el agua, se ríe, renacuajito, se ríe mientras recibe el agua del jarrito y lo sobamos el pelo con jabón natural. Yo tengo un amor que cuando llora desespero pero sé que el mejor camino es poner un disco de Cateano o salir a pasear, porque las nubes y esos ojos se saben una misma cosa. Y cuando te miro, y cuando todo alrededor suena con música coral, sé que llegaste lleno de estrellas.
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domingo, 13 de septiembre de 2015

Trescientos setenta y dos: El insomnio magnífico

Dadas las circunsustancias palmé temprano, tras despedir a un desconocido que pasó por acá. Y me dormí profundo, sé que algo soñé, ahora no lo recuerdo bien pero a las cinco de la mañana desperté recordando que había dejado el auto en la calle. Dudé bastante de bajar y entrarlo al garage, temía desvelarme pero temía también no responder a la intuición. Y así fue, entré el carro y me desvelé y en el develo pude ver tantas cosas que es una maravilla ver el amanecer viendo una película del noventa y dos con juliette binoche y varios discos de spinetta con auriculares, uno tras otro en devoción, redescubriéndolo todo y buscando dónde comprar un microcomponente para que mi vida sea más perfecta inundada de música, llena de discos. Las personas te dejan deseos nuevos. Las canciones no se vencen.
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viernes, 11 de septiembre de 2015

Trescientos setenta y uno: wasabi

Si me dan a elegir entre el picante de México y el de Japón, yo siempre voy a elegir el de Japón. Hoy vino mi amiga la dotora y dio la casualidad de que teníamos un mini proyector y muchas ganas comunes de comer sushi. Entonces, pedimos al delivery y buscamos una película con una baja dosis de ciencia ficción y una alta dosis de romanticismo y nos tiramos en el colchón a ver cómo la casa se hacía sala de cine y a la gata también le gustó el todoxdospesos. Se subió al cuerpo de una, luego de la otra para ver todo un poco mejor que nosotras. Cuando el timbre sonó, la comida estaba ahí y en el apuro del hambre, yo unté todas mis piezas con mucho wasabi y me las fui engullendo como una desesperada, pero al mismo tiempo cada pieza, cada vez que entraba era un placer masticarla despacito y sentir cómo se te subá el rábano a la cabeza. De un momento a otro, estaba bastante atorada y excitada sensorialmente por el encanto de esa bolita de pasta verde. La doc pensó que yo iba a palmar ahí, extasiada como estaba, bastante asfixiada de picor. Pero no, la cosa se acomodó bien y prontamente nos sumimos en la espuma del colchón del cinema del hogar, el acolchado hasta la boca y el comentario breve pero atinado de dos a medianoche.
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martes, 8 de septiembre de 2015

Trescientos setenta: Florece

Allá por el 2009, la música vino y creí, espiritualmente creí en la música. Me envalentoné, quise correr carreras como un caballo domesticado quise correr y corrí más de lo que pude y cuando quise ver la música había quedado atrás y el deseo en la cueva caído, quedado. Hace un mes, desempolvé la herida y me besé las manos y abracé el piano y a cualquier hora, pianisimo y pedal, cabalgué otra vez el deseo otra vez. Me enchastré las manos de placer, me envolvió el sonido y el amor que le tengo, ese infinito celestial, esta locura que no conoce el tiempo, en la habitación a solas, en el magma de uno mismo, cuando desaparece todo y solo queda la música y solo quedás vos, este amor desmedido que te tengo, piano, este amor inefable no conoce palabras.
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lunes, 7 de septiembre de 2015

Trescientos sesenta y nueve: El alcaucil

Recién, mientras deshojaba un alcaucil, pensé: estoy así, llena de hojas duras por fuera, más blanda por dentro, algunas espinas que dejó esta vida vivida y un corazón en el fondo de todo eso sosteniendo ese pequeño árbol que es uno. Y me lo comí, hoja a hoja, raspando con los dientes, arrastrando todo lo que se puede. Uno se alimenta de lo que puede y así va desapareciendo.
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