miércoles, 29 de junio de 2011

Ciento seis: el autobus mágico

Fui a tomarme el 202. Éramos alrededor de veinte personas. Subimos todos a ése. Por suerte, uno que viajaba sentado donde yo iba colgada, se levantó unas paradas más allá y yo me senté. Por suerte, luego se subió un compañero mío y vino hasta donde estaba yo.
Al rato, el bondi se paró. Por la ventana se veía una fila interminable de autos. El colectivero dijo: agárrense fuerte que voy a cruzar la rambla. Entonces, él autobus cruzó la rambla y nos sacudimos.
(No sé qué historia quiero contar)
Vos estabas esperando el bondi con unos auriculares muy parecidos a los míos y unos anteojos como los que usaría yo. Te subiste al 202. Cada tanto, nos mirábamos desde los auriculares.
Entonces, el autobus cruzó la rambla y nos sacudimos.
Veinte cuadras más allá. El colectivero paró el motor, bajó y dijo: es la correa. Y ahí tuvimos que bajarnos.
Yo quería hablarte pero vos siempre con los auriculares puestos. Yo ya no.
El siguiente bondi era el tuyo:"H por barrio obrero". Detrás, subimos a otro
De camino, en un cruce de bondis, por último nos vimos.


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Ciento y cinco: Desafinados

La vida se me viene desafinando del martes para acá. El otro día caí alegremente a la clase con todo bien aprendido. La escuela estaba toda vacía. Sólo habían dos o tres personas reunidas en torno a un mate lavado. Interrogué por el vacío. No hay energía, contestó una. Entonces subí las escaleras y elegí el piano desafinado de todos los martes y me senté. Toque todo lo que debía tocar, varias veces, y me fui con la energía mía a otra parte.
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martes, 28 de junio de 2011

Ciento cuatro: Me voy por el tubo

Una de la mañana y bastante y pico. Suena el teléfono. Es F. Recién salgo de bañarme por lo que tengo el pelo mojado y me voy con el teléfono a la cama.
No recuerdo de qué empezamos hablando, pero sé que luego empezamos a hablar de nuevo porque nos fuimos por el tubo, justo antes de que la conversación se cortara.
Vuelve a sonar el teléfono. Ahora sí, sé de que vamos a hablar. Un intervalo de escasos minutos me dan tiempo para aprender a manejar el caballo de la conversación o, al menos, indicarle un camino posible.
Cambio varias veces de mano, enciendo varios cigarrillos mientras sostengo el tubo inmutable, me echo el pelo para atrás continuamente, me paro, me siento, me acuesto, voy a la heladera, voy y me miro en el espejo mientras hablo, inmutable con el tubo apoyado en la oreja. Nos reímos, hacemos monólogos por turno, nos preguntamos, imaginamos, filosofamos. Son las 4 de la mañana y suenan los bips de que vamos a irnos por un tubo. Se corta. Apago la luz.
Amanezco con un peinado irremontable.

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domingo, 26 de junio de 2011

Ciento tres: Abstinencia de redes

El tiempo, fuera de las adicciones que padezco actualmente, es largo, lento, provocador. Hoy a las cuatro de la tarde decidí mantenerme offline el tiempo que fuese necesario. Necesario para limpiar, estudiar, leer, bailar, bañarse, comprar leche en el kiosco. Cuando hube acabado con todo, yo era feliz e independiente. La ansiedad estaba debajo de la línea roja. Olía bien y los dedos me respondían, los dientes me brillaban, la música rodaba en el tocadiscos el mar de debussy. Me pareció absurdo, ridículo, haber acabado tan pronto con todo, tan pronto que tuve tiempo para mirar por la ventana la caída del sol y deslizarme serenamente por los pasillos sin buscar ningún objeto perdido. Estaba yo, mi cuerpo vivo, mi cabeza liviana y el mar.
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Ciento dos: Siento dos

Cuando llegué a su casa, la puerta estaba abierta, también el corazón. Del horno salieron brownies y el sol caía detrás mío por la ventana. Entonces, ellos se sentaron. De tanto en tanto, se miraban y yo no estaba. De tanto en tanto, se tocaban la cara, el pelo, los ojos con los ojos. Y se reían.
Yo puse mi corazón sobre la mesa al lado de los brownies. Él tenía la pava en la mano y cebaba regularmente un mate para cada uno. Yo tenía pudor a veces, pero ellos lo iban enjuagando de palabras. Sanas palabras. Yo no estaba triste, estaba deseosa. Y los miraba quererse y los deseaba quererse, y sabía que no los conocía pero no hacía falta conocerlos para sentir. Allá estaba el piano, del otro lado un velador, y el sol caía por la ventana y no quemaba el amor.

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sábado, 25 de junio de 2011

Ciento uno: muertes en el jardín

El invierno se transita serenamente con la persiana baja de corrido. El sol no existe por una semana o más. El sol, entonces, no regula nada. Y si se me ocurre -y si me ocurrió- levantar la persiana, el panorama puede ser desolador en el balcón. Porque lo que en otro tiempo fue verde y flor, ahora es podredumbre y marrón y crack. Las hojas perecieron, la batata lucha incansable por sobreponerse al frío pero el frío es la muerte y yo no puedo hacer nada. Y si de repente pensara en entrar las plantas y ponerlas al lado de la estufa, de todos modos la cosa seguiría este rumbo que ha tomado.
Dos bajas en el jardín. No hay flores en otoño. No hay amor, hay podredumbre y crack en la vida.
Dijo ella: el invierno es el fin del año, la muerte para el renacer primaveral. Es una esperanza. Siempre podré arremangarme arrodillada como si rezara por sus vidas, pero ahora el invierno arrasa terrible y polar. Hay lágrimas secas en sus macetas, tal vez el biogermen las renueve en varios meses. Mansa esperanza mía.

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jueves, 23 de junio de 2011

Cien: Chocar

Tenía unas ganas tremendas de hablar de dormir o de la trucha con salsa de almendras del mediodía, pero me tragué la puerta de un auto recién.
O sea, ella abrió violentamente la puerta de su auto en mi camino y yo venía escuchando Bon Iver (buen invierno) y tenía el aspecto de michelin.
Su grito me enteró del choque. Su desesperación de golpe, su llanto precoz. Y mientras ella me hablablablablá atragantada, yo buscaba con los ojos, al ras del suelo, la bici.
Desde ahí abajo, estiré la mano (un saludo) y ella la jaló.
La bici no estaba mejor que yo. Un ruido daba signos de avería. Le di unas pataditas y se calló. A mi el cuerpo no me sonaba, pero sangrar es una forma de sonar.
A dos cuadras, el golpe me atacó de risa.

Por si mañana hay tsunami, hoy choqué.
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