sábado, 30 de abril de 2011

Cuarenta y cinco: El pogo es mi hogar

Dos efectos corporales del pogo cantado: afonía y dolor en las pantorrillas. Alguien me dijo alguna vez que el dolor en las pantorrillas es producto de no saber hacer pogo. Pero viendo que este no fue mi primero (ni será el último) dudo que sea un problema de técnica. Más bien creo que es un problema de exceso (exceso de pogo).

La edad promedio del pogo está, por lo general, debajo de mi edad. En este caso, yo estaba pogueando al lado de un alumno mío que trataba de disimular haberme visto. Pero en uno u otro tema, en un apretujón del tórax, un nudillo en la cara, una aplastada de dedos, cruzábamos los cuerpos.
En el pogo, tengo la emoción concentrada de una adolescente tardía, hiperfeliz. Hago con el puñito el gesto golpeador en el aire, empujo, empujo a los cuerpos muertos. En el intervalo entre tema y tema, voy hacia las fuentes de birra (cual niña que va a buscar cocacola en un cumpleaños). Tomo de a sorbos ansiosos y salgo disparada de nuevo, al mar del zarandeo.
Hay gente que cree que estoy grande para hacer pogo. Pero yo al pogo lo conocí de grande.


(Te amo wallas)
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jueves, 28 de abril de 2011

Cuarenta y cuatro: Abstinencia

No puedo caretear más.
Tengo una insoportable abstinencia de amor.
Y no me da verguenza decirlo.
Pero no me la aguanto.
Aguantarse las ganas es asqueroso.
Estoy esperando que el tiempo haga capitas de arena.
Una sobre otra.
Y lo tape
o lo barra bajo la alfombra.

Todo lo que he creído ver hoy (por si mañana hay tsunami) está rebalsado de esto.
Por eso, por si mañana hay tsunami, hoy hay abstinencia.
A veces nos ganan otras cosas.
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miércoles, 27 de abril de 2011

Cuarenta y tres: Sálvame, música

Por eso música es una esdrújula. Porque va a salvarme. Porque las palabras esdrújulas tienen un poder encantador. O simplemente un poder.
No aguantaría la vida sin la música. No soportaría ninguno de todos mis trabajos. No podría escribir ni una línea.
Mi bici y mi música atraviesan la ciudad a la velocidad de mi desesperación y aún así el mundo es de una fragancia francesa, es chateau richelieu.
Porque si ando con los auriculares puestos, todo, absolutamente todo, es musical. Y si la vida es musical, entonces la vida es linda. Y todo lo que podría ser lindo sin música, con música es doblemente lindo o lindo al cuadrado. Y si exagero es porque soy una apasionada y una exagerada también. Pero si la ciudad es rugosa, pedregosa, odiosa, malhumorada, ansiosa, violenta; entonces la música es un gran clonazepam.
El tiempo, recurso en extinción, es insensato. Que el tiempo sea tempo que el tempo es otra cosa el tempo es musical.

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Cuarenta y dos: Retorno

Viaje físico. Viaje metafísico. Me tomé un avión al paraíso, desde la plataforma de lo real despegó mi vuelo. Ahora que vuelvo a lo real, desde el paraíso, lo real es infierno, contractura, ira, pinzamiento cervical. El aterrizaje, mismo que el aterrizaje físico-corporal, tiene esos golpes, esas frenadas a imposibles kilómetros de velocidad, ridículo frenar semejante inercia.
Volver, después de seis días de vacaciones mentales, es una cachetada. Se podría prever, pero no se puede evitar el contraste. El contraste es de un tenor desagradable.
El primer día, después de un viaje, es de una náusea insoportable. Es el resabio del tiempo vacacional y la violencia del tiempo laboral, empujándose mutuamente. El tiempo laxo resistiéndose a la invasión de lo otro, las sacudidas de los jefes, la seguidilla de obligaciones asfixiantes.
La psicóloga lo sabe. Por eso me ha citado, para lubricarme el cerebro ante una inminente penetración de actividades.

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martes, 26 de abril de 2011

Cuarenta y uno: Paisana tarada

No me da gracia la gente reaccionaria. Quizás, debería. Como un entrenamiento psicológico para sufrir menos, para reducir las ganas de matar.
El prototipo de taxista, pero no el porteño, esta vez el sanjuanino. Unos setenta años. Pelo blanco, cara de pedófilo pajero. Antitodo.
Una gran habilidad para pasar de un tema a otro, siempre sosteniendo un clima de malestar constante. Con el rasgo común de estar enfrentado a absolutamente todo, de encontrarle a todo su quinta pata chota. Así era el "remisero" (acá son en proporción más abundantes, pero no difieren demasiado de los clásicos taxistas).
Esta tendencia adversativa que demostró tener el sujeto en cuestión, está en la línea de lo previsible, o al menos de lo esperable, cuando uno accede a viajar como viaja la clase social acomodada. Leáse así el siguiente razonamiento: si la gente que viaja en autos de transporte "público" es la gente acomodada, entonces es esta gente la que va modelando el cerebro de estos trabajadores de la calle. O, en su defecto, radio diez. No sé sabe qué fue primero, si el huevo o la gallina. La cosa en cuestión es el cerebro.
Y la soberbia. Porque el conductor siempre sabe más que la víctima de su queja. (Leáse el pasajero y todos los personajes que nombrará éste en el trayecto). Es tal la fe en sí mismo que este sujeto insinúa, por ejemplo, que las medidas económicas implementadas por el gobierno, -y aquí dice, la paisanita que tenemos de presidenta, esa tarada...- son completamente erróneas. Evidentemente erróneas. De una obviedad tan madura que roza la ridiculez.
Porque este sujeto que conduce un auto no está lejos de sentirse un fuhrer, un conductor en sentido amplio, un conductor del destino de los argentinos, un conductor lúcido, avispado, estricto. Un orador implacable también. Un presidente.

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lunes, 25 de abril de 2011

Cuarenta: Animales tras la baba

Los nervios. Las ansias. Los deseos. Un vibrante cóctel para acceder al paraíso. ¿Qué sería del deseo si no hubiese un puente levadizo que sacuda el tránsito hacia él?
Hay deseos difíciles. Desagradables estructuras rígidas. Hay guerra dentro. Hay estallido fuera. Suelto los animales de a poco, vienen tironeando las sogas como criaturas hambrientas. Tengo un tubo que me conecta a cada corazón presente en esa sala. Está la metafísica del arte. La metafísica del amor. No apto para racionalistas.
Mi madre se babea ante la corrida de los animales. Creo que no les teme. Yo les temo, pero igual los suelto. No hay remedio, me comerían las tripas de bronca. Ahora comen a sus pies y desaparecen las bestias.

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Treinta y nueve: Pasarse de rosca

Apretar diecisiete kilos de deseos para que quepan en seis días. Seis días de falsas vacaciones. Seis días de carrera. Conejo tras la zanahoria. Llegar exhausta con la energía de reserva hasta el último brillo de la noche y morir desarmada, incapaz de arrastrarme a mi cama. Morir como desfallecer, dormir como enchufarse al duermo energético. Empezar a soñar en la vigilia, establecer diálogos surrealistas que pronto olvido. Vivir hasta la última gota. Babearme por la vida.
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