jueves, 13 de noviembre de 2014

Trescientos quince: Sincronías

Hay días en los que todo entra en trance, en coordinación perfecta o casi.
Voy a la parada del bondi, justo viene. Voy a la plataforma de la terminal, el otro me espera. Me meto en la boca del subte, está llegando. Regreso. Me meto de nuevo en la boca del subte, está ahí.
Todo se vuelve sumamente liviano. Espero en la parada del 202, me llama un amigo, vive a dos cuadras. Necesita algo de mí, me lleva a casa, hago la entrega.
Me meto en el sobre, me salgo del sobre. Bailo, me duelen las piernas pero estoy en trance. Me como una pizza con ananá, un trago, nos regalan otros dos. Empieza el recital, es el disco que escuché toda la semana. Bailo, entro en trance, me duelen las piernas.
Pedaleo, tengo el disco del recital en mi mp3 y es todo mío, lo compré por un dólar con cincuenta. Pedaleo, la noche es mía. Tengo las células llenas de espuma.



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martes, 11 de noviembre de 2014

Trescientos catorce: Bailar en el silencio

De la música, al texto, del texto al cuerpo. 
Cerramos los ojos. Todas estrellas en el piso. Ella leyó varias veces como un mantra leía. Y el cerebro acomodaba, buscaba, decidía entre todas las palabras una sola palabra. Mi palabra fue "esponjoso". Entonces, el cuerpo empezó a palpitar más fuerte, más rítmico, más intenso. Me sentía medusa empujando, oponiendo resistencia a todo con las manos, con los pies, intentando despegarme del piso, deshacerme del peso sin perder el ritmo. El cuerpo sonaba y hacía sonar el agite, arriba, abajo, aleteando como un pez, como un pájaro a veces. Sentía las ventosas en los dedos succionando el piso y soltándolo y volviendo a succionar. Yo me succionaba, el tiempo se desvanecía. Los otros cuerpos y el mío hacían ecos por todos lados. Sucumbí al encanto del movimiento incesante, de los ojos cerradas, de la música interior. Todo fue un viaje galáctico, yo era espuma de emoción en el vaivén. Y en el final, volví a ser una estrella inmóvil, titilante la sangre, furor en los ojos que se abrían de a poco para reconocer el mundo. 

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domingo, 9 de noviembre de 2014

Trescientos trece: Observo, luego existo

Lo que más me gusta de Capital es que puedo observar a la gente mientras viajo en subte o en bondi o mientras camino por la calle. Puedo mirarlos indiscretamente porque no se inmutan ante la mirada del otro, la otra, yo.
Mientras esperaba el último bondi de la saga del día, vi un grupito de tres: dos chicas y un chico. Él se acercó a preguntarme lo que yo antes le había preguntado a algún otro. Por lo que hablaban supuse que eran tiempos de conquista.
Más tarde confirmé. Mientras viajábamos (de parados) él miraba a la de pelo corto que, a su vez, le daba la espalda completamente. Cada tanto él apoyaba una mano en su blusa, osaba tocarle el pelo y volvía a su celular. Ella hablaba con su amiga. Era brutal el lenguaje de esos cuerpos. El deseo de él por tocarla, el rechazo, la indiferencia de ella. No sé bien porqué me compadecí de él, de su juventud enamorada.
Así continuó todo el viaje y cuando el bondi se rompió y nos quedamos varados en la autopista, ellos bajaron y la distribución corporal se armó automáticamente igual. Deseé que él se perdiera en otro viaje y, de hecho, pronto los perdí de vista.
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viernes, 7 de noviembre de 2014

Trescientos doce: Viernes entre gente

Hoy desperté de un sueño del que no quería irme. Había una playa al atardecer y un francés que me hablaba en español. Recuerdo su cara con el reflejo naranja del sol y el color de la piel. No íbamos a ningún sitio, solo permanecíamos impasibles allí. Nunca vi su cara fuera del sueño -que yo recuerde- pero al despertar ya no estaba allí (el dinosaurio tampoco estaba allí).
Tuve que aceptar la cotidiana. Salir para el trabajo, trabajar y volver. Una serie de amigos, una serie consecuente, se fue armando y de uno a uno iba creando un jardín lleno de conversaciones. Apenas tuve respiro y, por suerte, porque no quería clavarme las botas para meterme en un lodo emocional. Preferí más bien entregarme al ocio y al divague circunstancial que me alcancen todo el tiempo un vaso lleno de vermú y -sin preguntas- beberlo lento, y -sin preguntas- ponerle un hielo y seguir bebiendo mientras se aguara el amargo obrero y la noche también se aguara y -sin preguntas- ya anestesiada, me secara la cara así, simplemente, me volviera a hundir en mí.
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jueves, 6 de noviembre de 2014

Trescientos once: Buenos Aires

Bondi, otro bondi, subte. Nueve y pico de la noche. Dónde queda beruti, pregunto. Dos para allá. Toco timbre, baja mi madre, feliz con su departamento 12 B. Tiene aire acondicionado y dos plasmas, me dice. No lo vamos a prender, al aire, le digo. Compro 4 tomates y una palta. Comemos y nos metemos a la cama grande. Tele. En terapia, quince minutos. Otro tanto de Nazarena Velez en el programa de Su. Dormimos.
Vamos al hospital, esperamos, esperamos. Finalmente se llevan con la morfina. Está contenta. Debe ser la morfina.
La devuelven como nueva. Me relevan, me voy.Me pongo los auriculares bien fuerte, Atoms for peace. Bailo mientras camino. Nadie nota nada pero yo estoy bailando. Subte hasta el moño. Combinaciones perfectas. Engancho el bondi justo a tiempo y duermo con el sol en la cara. Me despierto en mi ciudad como nueva. Tengo un aire a Buenos Aires en el cuerpo, nadie lo nota, solo yo. Otra vez el disco, otra vez el bondi, otra vez bailo. Creo que Thom Yorke se lleva perfecto con Buenos Aires.
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martes, 4 de noviembre de 2014

Trescientos diez: Ya no me aburro

Lo pasé a buscar. Me explicó que el parabrisas empañado de atrás no se limpia haciendo círculos, sino cómo se leen los libros de este lado del mundo. Pensé: qué bueno que aún existen esos que saben cosas prácticas que la poesía no entiende ni entenderá porque no está para eso, precisamente.

Es una osadía y una odisea para mí abrir un aparato electrónico. Siempre me tentó la idea pero mis intentos de reconstrucción fueron, también, siempre inútiles, así que hace algunos años ya que prefiero evitar daños mayores y dejar que sean otros los que desarman y vuelven a armar tales cosas. Entonces, procedió: destornillador imantado en mano, fue sacando una a una las partes a pedido mío. Él era el brazo ejecutor.
Y llegó el momento de soplar. Todo se resuelve soplando. Soplé yo, sopló él. Cerramos todo. Increíblemente (para mí) no sobró ninguna parte. Y pusimos la versión trucha del disco adrenaline de deftones y empezó a correr y empezó a vibrar todo, plena noche musical, metal. No sabemos quién dio el golpe mágico de aire.  Fue un viaje onírico. Y los discos se sucedieron uno tras otro, en ese paraíso qué es el cd, qué era el vinilo otrora, fui feliz.
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sábado, 1 de noviembre de 2014

Trescientos nueve: Son todos cómplices

Hoy me subí a un colectivo de vuelta desde Villa Elisa porque no me animé a subir al Distribuidor. Tampoco vi -cuando me llevaron de ida- que hubiera autos a la derecha que llevaran el cartel que tengo yo que dice, gigante: PRINCIPIANTE y, además, hacía mucho frío y tenía miedo de  que lloviera o lloviese, como decían las conjugaciones de la escuela. Hoy me subí a un colectivo y el colectivero era muy simpático, cuatro con cincuenta, había un lugar al lado de un pibe que yo escuché que escuchaba cumbia muy fuerte en los auriculares. Hoy me subí a un colectivo y no me puse mis auriculares, ni agarré la agenda para hacer dibujitos, intenté unos poemas en el editor del celu pero no quisieron salir. Entonces, calladita, empecé a llorar tratando de que no se notara porque tenía los anteojos y podría ser tranquilamente un reflejo. Y el colectivero cada tanto paraba y se bajaba y puteaba y yo seguía llorando y la gente subía y bajaba y yo seguía llorando y el pibe de al lado se dio cuenta que se me estaban cayendo las velas, se dio cuenta que no era gripe. Fueron muchas cuadras y estaba muy nublado. El pibe decidió bajarse en la terminal y yo seguí, justo no tenía pañuelitos pero no iba a pedir. Hace bien llorar con tanta gente alrededor, son todos cómplices.
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