Como cocinera amateur que abre el horno y no deja levar la torta, yo abrí sistemáticamente (a veces dos o tres veces al día por si acaso) para ver el fenómeno conmovedor, no sin temor a interrumpir el proceso pero con las ansias inevitables que evoca traer al mundo semejantes plantas.
lunes, 20 de octubre de 2014
Trescientos uno: Abre
No hay momento más exquisito que destapar el germinador algodonado y descubrir el asome. La carita, la manita blanca de un brote, qué más da. Armé un sommier para siete prometedoras semillitas siguiendo la instrucciones precisas de O. Y desde entonces, todas las mañanas, destapo los platos hondos para ver el interior de ese ecosistema artificial que he creado para las niñas.
Como cocinera amateur que abre el horno y no deja levar la torta, yo abrí sistemáticamente (a veces dos o tres veces al día por si acaso) para ver el fenómeno conmovedor, no sin temor a interrumpir el proceso pero con las ansias inevitables que evoca traer al mundo semejantes plantas.
Como cocinera amateur que abre el horno y no deja levar la torta, yo abrí sistemáticamente (a veces dos o tres veces al día por si acaso) para ver el fenómeno conmovedor, no sin temor a interrumpir el proceso pero con las ansias inevitables que evoca traer al mundo semejantes plantas.
domingo, 19 de octubre de 2014
Trescientos: Espontánea
Este domingo no se sintió domingo. No sé si el calor del mediodía, o el sol que despertó a las siete y media de la mañana con la gata sobre el abdomen o el frío que vino tras la noche. Después de veintinueve años no logro identificar qué es lo que hace a los domingos domingos y como al resto de los días sus respectivas sensaciones. Lo único que sé es que la felicidad nace de la anulación de la cabeza cada vez con mayor fuerza. Abrir un libro, leer las líneas y sentir. No pensar, sentir.
Vuelvo de ver una obra. Me gustaría ser más afectuosa con los desconocidos porque es una fuerza que me viene y yo reprimo y alguien te abraza y ahí entonces, es cierto, es tan simple como eso, es el cuerpo.
Me gusta el teatro porque los actores prestan su cuerpo a un desfile de emociones prestadas. Lo brindan con una sencillez que me quita el aliento. Están dispuestos a todo. Y yo no pido tanto siquiera, pido a secas poder decir cómo estás verdaderamente y escuchar la respuesta y no volarme tres segundos después. Pido al universo que mi corazón y mi cuerpo sean algo que se da sin mayores problemas, sin pedir nada a cambio, sin prolegómenos, prestar el cuerpo a mí misma.

Vuelvo de ver una obra. Me gustaría ser más afectuosa con los desconocidos porque es una fuerza que me viene y yo reprimo y alguien te abraza y ahí entonces, es cierto, es tan simple como eso, es el cuerpo.
Me gusta el teatro porque los actores prestan su cuerpo a un desfile de emociones prestadas. Lo brindan con una sencillez que me quita el aliento. Están dispuestos a todo. Y yo no pido tanto siquiera, pido a secas poder decir cómo estás verdaderamente y escuchar la respuesta y no volarme tres segundos después. Pido al universo que mi corazón y mi cuerpo sean algo que se da sin mayores problemas, sin pedir nada a cambio, sin prolegómenos, prestar el cuerpo a mí misma.
Trescientos: Espontánea
sábado, 18 de octubre de 2014
Doscientos noventa y nueve: Toma la ruta
Hoy decidí firmemente encarar las calles con mi bólido. Cohabitante L lo dejó bien fácil. Solo bastaba una maniobra y salía. Tomé la ruta obligada porque aún no estoy preparada para ser infractora voluntaria y doblar en U. De tanto pensar en cómo se manejaba la máquina me pasé un par de cuadras y me tocó cruce de diagonales. Sin sobresaltos, seguí. Llegué sana y salva a mi primer destino. Justo Dios me había dejado servido un gran (grandísimo) espacio para meter el auto en otra sola maniobra. Pero tenía que darle un besito al bólido delantero. Por suerte el dueño de aquél, era Dios en persona y me perdonó mis exabruptos al acomodarlo. Esa obsesión por buscar el paralelo al cordón, aún cuando la sensación de paralelas nunca es la realidad de las paralelas (he dicho).
Se relajó completamente al ver que apagaba el motor y me habló como se habla de conductor a conductor y se me infló el pecho como una paloma.
Luego bajé y le pregunté qué es lo que me había dicho: yo pensé que me iba a felicitar. Y cuando oí bien, en realidad me decía que estaba dejando las luces prendidas
Me ruboricé y encogí el pecho, mientras dejaba atrás mi cartel de principiante.

Se relajó completamente al ver que apagaba el motor y me habló como se habla de conductor a conductor y se me infló el pecho como una paloma.
Luego bajé y le pregunté qué es lo que me había dicho: yo pensé que me iba a felicitar. Y cuando oí bien, en realidad me decía que estaba dejando las luces prendidas
Me ruboricé y encogí el pecho, mientras dejaba atrás mi cartel de principiante.
Doscientos noventa y nueve: Toma la ruta
viernes, 9 de mayo de 2014
Doscientos noventa y ocho: La resonancia
La resonancia magnética puede ser la simulación del féretro o, si se la mira con optimismo, una buena instancia para practicar un acercamiento a la meditación.
Cuando el doc. recetó hacer resonancia magnética comencé a hacer los relevamientos pertinentes a cualquier práctica inicial: cómo es, cuánto dura, duele?
Y el relevamiento me arrojó este resultado: si estás ansioso, ni lo intentes. Pero yo no estaba ansiosa aunque soy ansiosa, estaba únicamente ansiosa en atravesar la experiencia del tubo blanco ruidoso. De cualquier modo, I. me dio el buen gusto de acompañarme en la hazaña. Iba preparada para la desnudez, pero me dijeron: dejate todo, sacate el metal. Y me explicaron cada pequeño paso y me senté en la camilla, me pasaron los auriculares, una goma para apretar si tenía miedo y me metieron al tubo. Y una vez allí, pensé casi toda mi vida. Porque veinte minutos es un montón para un ser vivo en un féretro. Replanteé prácticamente toda mi vida. De a intervalos, tomaba grandes bocanadas de aire, cuando venía el silencio y emergía la música de Enya en los oídos. Tuve ganas de apretar la goma varias veces y decir que los auriculares no sonaban bien, pero después pensé que todo eso me haría permanecer más tiempo en la quietud y pensé en el infinito blanco y en el infinito tiempo y en la infinitud de la vida en esos veinte minutos, pensé: cuando todo esto acabe voy a poder volver a bailar y mi mente bailó.

Cuando el doc. recetó hacer resonancia magnética comencé a hacer los relevamientos pertinentes a cualquier práctica inicial: cómo es, cuánto dura, duele?
Y el relevamiento me arrojó este resultado: si estás ansioso, ni lo intentes. Pero yo no estaba ansiosa aunque soy ansiosa, estaba únicamente ansiosa en atravesar la experiencia del tubo blanco ruidoso. De cualquier modo, I. me dio el buen gusto de acompañarme en la hazaña. Iba preparada para la desnudez, pero me dijeron: dejate todo, sacate el metal. Y me explicaron cada pequeño paso y me senté en la camilla, me pasaron los auriculares, una goma para apretar si tenía miedo y me metieron al tubo. Y una vez allí, pensé casi toda mi vida. Porque veinte minutos es un montón para un ser vivo en un féretro. Replanteé prácticamente toda mi vida. De a intervalos, tomaba grandes bocanadas de aire, cuando venía el silencio y emergía la música de Enya en los oídos. Tuve ganas de apretar la goma varias veces y decir que los auriculares no sonaban bien, pero después pensé que todo eso me haría permanecer más tiempo en la quietud y pensé en el infinito blanco y en el infinito tiempo y en la infinitud de la vida en esos veinte minutos, pensé: cuando todo esto acabe voy a poder volver a bailar y mi mente bailó.
Doscientos noventa y ocho: La resonancia
domingo, 27 de abril de 2014
Doscientos noventa y siete: Hola Ma
Hola Ma. Creo que me estoy volviendo adulta y respetable. Creo que estoy entrando al sistema porque hoy fui a aprender a estacionar al bosque y no maté a nadie y el coche está bien también. La gente me mira distinta cuando me bajo del auto por el lado del conductor, aunque a mí siempre me va a gustar más ser copiloto porque tengo menos responsabilidad y puedo elegir los discos.
Es raro.
Hoy probé una de las berenjenas en escabeche que me enseñaste a hacer. Me quedaron blanditas. La verdad es que estaba chateando y me las olvidé en el fuego así que creo que resto puntos, pero de sabor están buenas. Me gusta tener berenjenas en escabeche en la heladera como tener una moneda de cincuenta en la billetera cuando el kiosquero me la pide. Me hace sentir bien. Creo que me siento más adulta por tener esas consideraciones y ser más anfitriona aunque estén blanditas.
A veces creo que es muy fácil acceder a ese mundo, con el carnet de conducir y el frasco de berenjenas bajo el brazo. No necesito hacer aportes.

Es raro.
Hoy probé una de las berenjenas en escabeche que me enseñaste a hacer. Me quedaron blanditas. La verdad es que estaba chateando y me las olvidé en el fuego así que creo que resto puntos, pero de sabor están buenas. Me gusta tener berenjenas en escabeche en la heladera como tener una moneda de cincuenta en la billetera cuando el kiosquero me la pide. Me hace sentir bien. Creo que me siento más adulta por tener esas consideraciones y ser más anfitriona aunque estén blanditas.
A veces creo que es muy fácil acceder a ese mundo, con el carnet de conducir y el frasco de berenjenas bajo el brazo. No necesito hacer aportes.
Doscientos noventa y siete: Hola Ma
sábado, 26 de abril de 2014
Doscientos noventa y seis: Un pase
Sábado a la mañana. Llevo la bici al doctor. En media hora venite, me dice. Voy a la verdulería de la esquina, compro mis manzanas de siempre y me siento en el cordón de la vereda, justo donde baja ese rayo de sol otoñal que te carga positivamente.
En un momento, alguien me hace sombra. Me hago la visera con la mano, lo miro, es un tipo en bicicleta, me dice: cuánto está el pase. ¿El qué? El pase, me dice. No te entiendo, le digo. No estás trabajando, me pregunta. Le digo no, no trabajo en la calle.
Se va.
Vuelve a los minutos. ¿Y vos no sabés dónde las puedo encontrar? No, a esta hora no, le digo.
Se va.
Vuelve. Me dice: ¿Y vos no querés trabajar? Le digo: no, yo estoy esperando mi bici. Me mira. Me levanto, cruzo, lo dejo atrás, ahí se queda, pedaleo en la Gloria hasta casa.

En un momento, alguien me hace sombra. Me hago la visera con la mano, lo miro, es un tipo en bicicleta, me dice: cuánto está el pase. ¿El qué? El pase, me dice. No te entiendo, le digo. No estás trabajando, me pregunta. Le digo no, no trabajo en la calle.
Se va.
Vuelve a los minutos. ¿Y vos no sabés dónde las puedo encontrar? No, a esta hora no, le digo.
Se va.
Vuelve. Me dice: ¿Y vos no querés trabajar? Le digo: no, yo estoy esperando mi bici. Me mira. Me levanto, cruzo, lo dejo atrás, ahí se queda, pedaleo en la Gloria hasta casa.
Doscientos noventa y seis: Un pase
viernes, 25 de abril de 2014
Doscientos noventa y cinco: Las vecinas desquiciadas
Viernes. Siete cuarenta y cinco de la tarde. No hay nada nuevo en facebook. Las vecinas hace una hora comenzaron a gritar. Son todas mujeres. Pueden ser dos o veinte. Imposible adivinarlo. Son como una jauría hambrienta de comentarios y publicaciones. Las escucho hablar como si estuvieran al lado, pero hay varias paredes que nos separan. Hay toda una telaraña en torno al chongo y el reggeaton. Cada tanto una Lady Gaga.
Yo ordeno mi Kosovo, poco a poco, no tengo mejor plan, no soy tan in. Vivo una vida despiadada cuando tengo el brazo averiado y no puedo hacer otra cosa que escuchar más a mis vecinas. Imagino que son pavos reales con sus colas enormes llenas de plumas moviéndolas a un lado y al otro, pero no las odio, no. No, las quiero ahí del otro lado de las puertas, agitándose tan viernes por la noche en la previa y sé que seguirán muchas horas más con sus veintipico estudiantiles.
La música que escucho es el retardo de las ondas que me llegan, la sonorización espontánea que se mezcla con mi cabeza que parla despacito entre un miau y miau de la Jenny. No hay otra cosa que hacer cuando no se puede tocar que escuchar a las vecinas desvestir su viernes.

Yo ordeno mi Kosovo, poco a poco, no tengo mejor plan, no soy tan in. Vivo una vida despiadada cuando tengo el brazo averiado y no puedo hacer otra cosa que escuchar más a mis vecinas. Imagino que son pavos reales con sus colas enormes llenas de plumas moviéndolas a un lado y al otro, pero no las odio, no. No, las quiero ahí del otro lado de las puertas, agitándose tan viernes por la noche en la previa y sé que seguirán muchas horas más con sus veintipico estudiantiles.
La música que escucho es el retardo de las ondas que me llegan, la sonorización espontánea que se mezcla con mi cabeza que parla despacito entre un miau y miau de la Jenny. No hay otra cosa que hacer cuando no se puede tocar que escuchar a las vecinas desvestir su viernes.
Doscientos noventa y cinco: Las vecinas desquiciadas
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