sábado, 18 de octubre de 2014

Doscientos noventa y nueve: Toma la ruta

Hoy decidí firmemente encarar las calles con mi bólido. Cohabitante L lo dejó bien fácil. Solo bastaba una maniobra y salía. Tomé la ruta obligada porque aún no estoy preparada para ser infractora voluntaria y doblar en U. De tanto pensar en cómo se manejaba la máquina me pasé un par de cuadras y me tocó cruce de diagonales. Sin sobresaltos, seguí. Llegué sana y salva a mi primer destino. Justo Dios me había dejado servido un gran (grandísimo) espacio para meter el auto en otra sola maniobra. Pero tenía que darle un besito al bólido delantero. Por suerte el dueño de aquél, era Dios en persona y me perdonó mis exabruptos al acomodarlo. Esa obsesión por buscar el paralelo al cordón, aún cuando la sensación de paralelas nunca es la realidad de las paralelas (he dicho).
Se relajó completamente al ver que apagaba el motor y me habló como se habla de conductor a conductor y se me infló el pecho como una paloma.
Luego bajé y le pregunté qué es lo que me había dicho: yo pensé que me iba a felicitar. Y cuando oí bien, en realidad me decía que estaba dejando las luces prendidas
Me ruboricé y encogí el pecho, mientras dejaba atrás mi cartel de principiante.


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viernes, 9 de mayo de 2014

Doscientos noventa y ocho: La resonancia

La resonancia magnética puede ser la simulación del féretro o, si se la mira con optimismo, una buena instancia para practicar un acercamiento a la meditación.
Cuando el doc. recetó hacer resonancia magnética comencé a hacer los relevamientos pertinentes a cualquier práctica inicial: cómo es, cuánto dura, duele?
Y el relevamiento me arrojó este resultado: si estás ansioso, ni lo intentes. Pero yo no estaba ansiosa aunque soy ansiosa, estaba únicamente ansiosa en atravesar la experiencia del tubo blanco ruidoso. De cualquier modo, I. me dio el buen gusto de acompañarme en la hazaña. Iba preparada para la desnudez, pero me dijeron: dejate todo, sacate el metal. Y me explicaron cada pequeño paso y me senté en la camilla, me pasaron los auriculares, una goma para apretar si tenía miedo y me metieron al tubo. Y una vez allí, pensé casi toda mi vida. Porque veinte minutos es un montón para un ser vivo en un féretro. Replanteé prácticamente toda mi vida. De a intervalos, tomaba grandes bocanadas de aire, cuando venía el silencio y emergía la música de Enya en los oídos. Tuve ganas de apretar la goma varias veces y decir que los auriculares no sonaban bien, pero después pensé que todo eso me haría permanecer más tiempo en la quietud y pensé en el infinito blanco y en el infinito tiempo y en la infinitud de la vida en esos veinte minutos, pensé: cuando todo esto acabe voy a poder volver a bailar y mi mente bailó.
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domingo, 27 de abril de 2014

Doscientos noventa y siete: Hola Ma

Hola Ma. Creo que me estoy volviendo adulta y respetable. Creo que estoy entrando al sistema porque hoy fui a aprender a estacionar al bosque y no maté a nadie y el coche está bien también. La gente me mira distinta cuando me bajo del auto por el lado del conductor, aunque a  mí siempre me va a gustar más ser copiloto porque tengo menos responsabilidad y puedo elegir los discos.
Es raro.
Hoy probé una de las berenjenas en escabeche que me enseñaste a hacer. Me quedaron blanditas. La verdad es que estaba chateando y me las olvidé en el fuego así que creo que resto puntos, pero de sabor están buenas. Me gusta tener berenjenas en escabeche en la heladera como tener una moneda de cincuenta en la billetera cuando el kiosquero me la pide. Me hace sentir bien. Creo que me siento más adulta por tener esas consideraciones y ser más anfitriona aunque estén blanditas.
A veces creo que es muy fácil acceder a ese mundo,  con el carnet de conducir y el frasco de berenjenas bajo el brazo. No necesito hacer aportes.
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sábado, 26 de abril de 2014

Doscientos noventa y seis: Un pase

Sábado a la mañana. Llevo la bici al doctor. En media hora venite, me dice. Voy a la verdulería de la esquina, compro mis manzanas de siempre y me siento en el cordón de la vereda, justo donde baja ese rayo de sol otoñal que te carga positivamente.
En un momento, alguien me hace sombra. Me hago la visera con la mano, lo miro, es un tipo en bicicleta, me dice: cuánto está el pase. ¿El qué? El pase, me dice. No te entiendo, le digo. No estás trabajando, me pregunta. Le digo no, no trabajo en la calle.
Se va.
Vuelve a los minutos. ¿Y vos no sabés dónde las puedo encontrar? No, a esta hora no, le digo.
Se va.
Vuelve. Me dice: ¿Y vos no querés trabajar? Le digo: no, yo estoy esperando mi bici. Me mira. Me levanto, cruzo, lo dejo atrás, ahí se queda, pedaleo en la Gloria hasta casa.
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viernes, 25 de abril de 2014

Doscientos noventa y cinco: Las vecinas desquiciadas

Viernes. Siete cuarenta y cinco de la tarde. No hay nada nuevo en facebook. Las vecinas hace una hora comenzaron a gritar. Son todas mujeres. Pueden ser dos o veinte. Imposible adivinarlo. Son como una jauría hambrienta de comentarios y publicaciones. Las escucho hablar como si estuvieran al lado, pero hay varias paredes que nos separan. Hay toda una telaraña en torno al chongo y el reggeaton. Cada tanto una Lady Gaga.
Yo ordeno mi Kosovo, poco a poco, no tengo mejor plan, no soy tan in. Vivo una vida despiadada cuando tengo el brazo averiado y no puedo hacer otra cosa que escuchar más a mis vecinas. Imagino que son pavos reales con sus colas enormes llenas de plumas moviéndolas a un lado y al otro, pero no las odio, no. No, las quiero ahí del otro lado de las puertas, agitándose tan viernes por la noche en la previa y sé que seguirán muchas horas más con sus veintipico estudiantiles.
La música que escucho es el retardo de las ondas que me llegan, la sonorización espontánea que se mezcla con mi cabeza que parla despacito entre un miau y miau de la Jenny. No hay otra cosa que hacer cuando no se puede tocar que escuchar a las vecinas desvestir su viernes.
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lunes, 3 de febrero de 2014

Doscientos noventa y cuatro: Incondicional

Me acuerdo aquella vez que me puse jevi porque mis viejos no comprendían el sentido de la amistad. Hoy parece tan irrisoria aquella conversación.
Salgo de trabajar, el bondi no viene y además no me llevaría. Entro a caminar en zig zag porque el zig zag nos hace creer que las distancias son menores cuando estás a 40 cuadras del destino y lo ideal sería sobrevolar en diagonal media ciudad. Camino 20. Me tomo un taxi. 
La ansiedad por llegar es el pis en puerta y el deseo de ver a M. Cuando la abrazo, ella me abraza más y me doy cuenta que abrazo poco y débil. No estoy entrenada para abrazar. Entonces la miro y trato de recordar cuando fue la última vez que nos vimos. Y no me viene. Pero está todo intacto. Y hablar es un fluido tan claro y blando y caluroso levitar al mediodía con la humedad clavándose en el vidrio como un suspiro o un gemido. No sé. Creo que debe ser el lenguaje que hemos aprendido a hablar y que nos parecemos tanto y a veces no nos parecemos nada. Pero a fin de cuentas, aunque a veces no tenga las palabras, y aunque a veces no te vengan, yo sé que ella sabe que la comprendo con los ojos, con el profundo escuchar que le dedico, con el abrazo más fuerte al irme. Cuando me voy, siento la cuerda que nos une y jala. 

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domingo, 12 de enero de 2014

Doscientos noventa y tres: Enero en La Plata

Más precisamente es la combinación de enero + La Plata + domingo.
 Te despertás ocho y media de la mañana y te obligás a dormir, porque es ridículo levantarse a esa hora y la última vez que te hiciste la copada saliste a andar en bici a las ocho y te chorearon tu nokia mil cien. Te obligás a dormir un tramo más. Nueve cuarenticinco es un poco más digno para alguien inactivo de veintiocho años. La gran actividad del día es: ir al supermercados, al más caro, más grande y más próximo. Vas caminando lento, te sumergís en la horda de familias que compran compulsivamente porque no pueden decirle no a sus hijos. Comprás, vos también, cosas innecesarias y cada elección te toma un rato largo como para que la visita justifique el traslado. Te volvés caminando como si fueras Libra con las dos bolsotas.
Te escribe I. El domingo se vuelve menos precario en compañía, leyendo como nerds en el bosque, dos termos de mate, clima de la costa -brisa fría del sur-.
El domingo se vuelve aún más activo con la creación de un huevo de crochet que te toma dos horas y media y es completamente inútil. Quedás a milímetros del nirvana y te da sueño, pero tendés la ropa y te sentás en el balcón a contemplar el hermoso huevo verde intenso tejido, reliquia del mundo analógico que pocos tienen el placer de disfrutar.
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