viernes, 4 de noviembre de 2011
Doscientos dieciséis: Dos patos, un inmensísimo jardín
Nunca se sabe. A veces, detrás de una puerta, en la ladera de la ciudad, se esconde un jardín, dos patos, dos perros, un estanque. Mientras la tarde cae y la afinación lo mismo, y las ganas se nos bajan de las sillas, el jardín se dibuja, el sonido de los patos se ensambla con el inestable sonido y como un mantra el estudio ya ha perdido sentido porque los patos han resultado más afinados que el propio órgano. Pues ya nos vamos, se ha hecho de noche, apenas el frío y una humedad tremenda.
Doscientos quince: Domingo sin agua
Despertamos. Doce del mediodía, pasada la aguja. Un deseo urticaria de bañarme. La grela de la noche, del baile, el sudor propio y ajeno pegado al cuerpo. Darle cuerda a la perilla del agua. Ni caliente ni fría.
Alguien -la cohabitante?- se ha gastado lo último que nos quedaba de agua en el termotanque.
Hay que ser cuidadosos con el inodoro.
Vienen visitas. Lo sé porque toca el timbre. Le digo que no hay agua, sube igual.
Sacrificamos el agua fría de la heladera para sorber unos pocos mates.
Me preocupa la sed, la mugre, el recurso no renovable.
La visita arregla una lámpara muy compleja. Yo logro comunicarme con el señor del agua.
La visita se va, el agua vuelve.

Alguien -la cohabitante?- se ha gastado lo último que nos quedaba de agua en el termotanque.
Hay que ser cuidadosos con el inodoro.
Vienen visitas. Lo sé porque toca el timbre. Le digo que no hay agua, sube igual.
Sacrificamos el agua fría de la heladera para sorber unos pocos mates.
Me preocupa la sed, la mugre, el recurso no renovable.
La visita arregla una lámpara muy compleja. Yo logro comunicarme con el señor del agua.
La visita se va, el agua vuelve.
Doscientos quince: Domingo sin agua
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Doscientos catorce: Mear en la plaza, cada año
Debería procurarme el ejercicio anual de mear en una plaza pública para no ponerme seria, solemne, adulta.
Esto ha ocurrido la noche del sábado, luego del alcohol y la pelea. No contengo nada. Ni las palabras, ni el meo. Voy hasta el centro de la plaza fundacional, busco con la vista un arbusto contenedor, me interno en el verde.
Él me da la espalda, ahora ya no parece estar enojado, ahora parece mi padre, mi amigo, mi cobertura de chocolate. Y a sus pies, meo. Y ya todo se despeja de mi cuerpo, incluso el odio, tal vez era amarillo.

Esto ha ocurrido la noche del sábado, luego del alcohol y la pelea. No contengo nada. Ni las palabras, ni el meo. Voy hasta el centro de la plaza fundacional, busco con la vista un arbusto contenedor, me interno en el verde.
Él me da la espalda, ahora ya no parece estar enojado, ahora parece mi padre, mi amigo, mi cobertura de chocolate. Y a sus pies, meo. Y ya todo se despeja de mi cuerpo, incluso el odio, tal vez era amarillo.
Doscientos catorce: Mear en la plaza, cada año
Doscientos trece: La lluvia, Medea
Yo estuve todo el día a punto de llorar. Así es el período pre-menstrual. A veces hay que forzarse a llorar, sino el día es el que termina llorando.
Me interno en una obra de teatro físico. Todo lo que me sucede durante la obra es exclusivamente físico. Los pelillos electrizados, la garganta con una boa. Estoy a punto de llorar a los pies de Medea. Y no lloro pero salgo, y allá fuera todo llora.

Me interno en una obra de teatro físico. Todo lo que me sucede durante la obra es exclusivamente físico. Los pelillos electrizados, la garganta con una boa. Estoy a punto de llorar a los pies de Medea. Y no lloro pero salgo, y allá fuera todo llora.
Doscientos trece: La lluvia, Medea
Doscientos doce: Jazmines
martes, 1 de noviembre de 2011
Doscientos once: El estrés
Yo solía jactarme de mi inmunidad frente al estrés laboral. Solía ir al sol mientras todo podía estar amenazando mi estabilidad económica. Creo que no quería notarlo. Capaz yo no podía hacer nada. Capaz no tiene sentido. Capaz es un mal mayor, el estrés.
Y ahora entiendo que estar tres semanas con la tos es el subproducto de haber contraído el mal. Que los mocos de las semanas subsiguientes también. Pero sobre todo, lo más triste, es la ira. Lo inmanejable de la ira, será. Mi encabronamiento que bulle a través de la piel.
Estoy harta.
Me voy al sol.
Prestame tu pasto.
Dos horas nomás, me olvido de todo.

Y ahora entiendo que estar tres semanas con la tos es el subproducto de haber contraído el mal. Que los mocos de las semanas subsiguientes también. Pero sobre todo, lo más triste, es la ira. Lo inmanejable de la ira, será. Mi encabronamiento que bulle a través de la piel.
Estoy harta.
Me voy al sol.
Prestame tu pasto.
Dos horas nomás, me olvido de todo.
Doscientos once: El estrés
Doscientos diez: La complicidad
Y de pronto ella olvida mis errores en el piano, su gélida actitud se deshace y deviene una mueca cómplice al decirle que tenemos gente en común. Se afloja. Sé que para mí ha sido una estratagema para hacer olvidar los traspiés de las manos. Pero ahora en la nueva complicidad, me da que las dos somos un poco más libres. Ella para sonreír y yo para tocar.

Doscientos diez: La complicidad
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