domingo, 7 de agosto de 2011

Ciento cuarenta y cuatro: Domingos de consumo

Me desperté enumerando todo lo que odio.
Habiendo hecho la catarsis pertinente, la ducha haría suya la catarsis del cuerpo.
Pulcros los estados, rota la cabeza -pero limpia, sí, muy limpia- el pedaleo me alcanza hasta el bar. Soy la fractura. Estoy en una cinta donde la gente se desliza, a montones, para consumir. Y empujan (pechan), se resisten a los cuerpos, se clavan frente a las prendas, se emocionan con las liquidaciones, se desesperan, sí, son mujeres desesperadas. Abrazan la ropa con un fervor que me espanta. Yo me someto a la manicure, solo porque ella me cae bien y creo que le apasiona, aunque también le apasionara el canto lírico. Ha descubierto mi clave de fe, y con ella, yo descubrí su secreto, el núcleo de su neurosis.
Sólo está mi cuerpo como una delgada línea floja, que ondula cuando la ola de mujeres empuja. Tengo una prótesis colgando del cuello. Una prótesis de la memoria visual. Me siento fálica cada vez que mi ojo estructura un cuadro. Soy la antípoda de ese género que devora moda.
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Ciento cuarenta y tres: Encontrarse

Pedaleo con un grupo de militantes pedaleadores. El sol nos sigue al compás de dos por cuatro, hasta que el frío nos obliga a meternos en una casa en una conversación en unatardecer de invierno.
Estoy atenta a este río caudaloso, me dejo llevar por su corriente. Es la corriente de los que corren tras sus deseos. Hay un gusto exquisito en lo genuino. Hay en mí, a pura y sencilla intuición, un recorrido lúcido. Estoy segura, estoy arraigada en un trance perceptual. Todo lo que está aquí, cada decisión tomada es tan acertada, cada signo una confirmación. Me he labrado.

Estoy encontrada, y eso, ha devenido encontrarse con los encontrados, como si cada uno de sus hilos (ahora están, mañana quizás no), cada uno, este tejido. Me he labrado en la oscilación entre el azar y la voluntad.
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Ciento cuarenta y dos: Abolición de cabeza

Todos los fines de semana sin falta suscribo a la abolición de cabeza. Si los fines de semana comienzan los jueves por la noche, como el lento transpirar de los vidrios en invierno, duermo cuatro horas y con eso subsisto. Mínimo de energía indispensable para trabajar como autómata, abolida pero no muerta, cuerpo en tránsito de aquí para allá. Si hay suerte de mi lado, puedo dormir siestas tardías restauradoras. Vivir quizá como se vive una vida donde se hace lo que se puede para que todo quepe en una sola vida. A contramano de vidas que se viven como si fuesen infinitas. Una vida en desuso, nihil, una vida ni, es prácticamente una muerte.
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viernes, 5 de agosto de 2011

Ciento cuarenta y uno: Pastelitos

Sopaypilla los llaman en el lugar de donde vengo. Aquí simplemente "pastelitos".

Por la mañana, asistí a una reunión donde había pastelitos. Mi cerebro era un pastelito, pero esos pastelitos tenían grana de colores. Acepté uno sin dudar. El contraste entre el ácido membrillo blando y el dulce sabor crujiente de esa masa, me pone fácil las cosas.
Intenté comerlo haciendo el menor desacato posible. Una a una, cada una de sus hojas sobre una servilleta donde iba creciendo transparente la grasa. Hasta que me animé a llevármelo a la boca. Clavé los dientes con toda seguridad y cayeron migas como lluvia.
Oh vaya sorpresa, el sabor dulce de la batata almibarada, me desarmó. Porque la grana, la grana ha sido siempre un indicador del membrillo.
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miércoles, 3 de agosto de 2011

Ciento cuarenta: Berisso

Me gustaría que todo el mundo fuese como Berisso. Todas mis experiencias con Berisso son agradables (la palabra agradable es agradable). Extraño ir a Berisso en alguna de mis bicis. Últimamente solo voy en colectivo. Hace frío. Hoy dicen que nevó. Yo estaba absorta en una computadora, trabajaba. Pero a la noche, Berisso, el frío qué me importa. Si llego y todo es siempre otro tiempo. El mismo frío, pero otro tiempo, entendeme.
Hoy fui a un kiosco. Sabía los nombres de sus dueños. Entonces, cuando yo dije: Anahí, ella sonrió. Y cuando dije: boliche, también. De esos kioscos que tienen de todo, pero no a la vista. Solo a la vista de quienes lo habitan. Pedí esas golosinas que te explotan en la lengua y ella dijo: Sí, 30 años hace que estamos. Imposible no tener de esas golosinas que te explotan en la lengua.
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Ciento treinta y nueve: Ensayar

Dícese de poner a prueba o entrenarse.
Nunca he estado más cerca del deporte.
Si ensayar es, entonces, entrenarse, el deporte del arte ha de ser el único deporte que alguna vez me motive a agitar el cuerpo, por la consagración estética, por la sensibilidad poética.

¿Cuál es el fin del deporte?
¿La competencia? ¿La adrenalina? ¿El esculpir un cuerpo? ¿La superación?

¿Cuál es el fin del arte?
Sentir.
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martes, 2 de agosto de 2011

Ciento treinta y ocho: Washing-machine

Cuando llegó, me le acerqué pero no pudimos establecer un diálogo. Nos mirábamos, y entre los dos, un abismo. Llamé a varios terapeutas que nos hicieran las cosas más fáciles, pero la ansiedad es brutal. Luego llegó ella, se sentó a sus pies -yo escuchaba embelesada su diálogo silencioso- y al rato dijo:
- Ya está.
Todo era fácil de pronto, tan sólo poner la ropa y contemplar los giros. Tan solo esperar una medida de tiempo y anticiparse al final con el aroma que perfuma toda la casa.
Ahora escucho su rumbo dinámico mezclado con las melodías de la mañana, y todo es encantadoramente pulcro.
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