jueves, 9 de junio de 2011

Ochenta y cuatro: Abrojo

El martes
(Sí, me colgué, perdoname,rocío.Bueno, te perdono, pero seguí)
Toda la noche me la pasé revolviendo pensamientos para encontrar los argumentos más (auto)convincentes para concretar la renuncia.
Renunciar a un trabajo, a una relación, a un amor, a lo que sea, nunca me ha resultado una tarea sencilla. Veo que hay gente que se sabe desprender bastante bien de todo. Yo soy como un abrojo. Me adhiero tan fuerte a las personas, a algunas cosas también, a las bicis también (esas que están entre las personas y las cosas).
La aprehensión es casi un estilo de vida. Es el pre-requisito de la intensidad.
Bueno, lo siento.
Share/Bookmark

martes, 7 de junio de 2011

Ochenta y tres: Ni familia, ni iglesia, ni escuela, ni psicoanálisis

Es bueno tener gente lúcida, muy lúcida, tan tan cerca. Ella ha dicho un enunciado letal, y creo que lo hizo sin querer. Hay una cantidad de cosas que hoy me resultan sencillamente "INFUMABLES" (esto no lo ha dicho ella, lo dije yo). Y es claro que habiéndome hartado de un grupo de gente que crece día a día, como el calentamiento global, decido renunciar. Menos a esta gente que a las instituciones que representan con cierto apasionamiento espontáneo.
Entonces, decido empezar a renunciar un poco a todo, y un poco menos a mi vida. Antes pensaba renunciar más a mi vida que al resto de las cosas. Eso se llama "madurez" o instinto de conservación o soy anarquista. Antes que suicida, prefiero ser anarquista.
Año de renuncias fundamentales.
Principio básico de sinceramiento conmigo.
Chau psicoanálisis. Vos estás despedido.
Share/Bookmark

domingo, 5 de junio de 2011

Ochenta y dos: Polenta

Polenta es lo que yo tengo que tener para terminar de hacer las cosas que tengo que prorrogo toda la semana y que quedan como pilas de hojas pendientes por leer o corregir o todo lo demás que uno hace más por el dinero que por el placer o por el placer que le puede llegar a dar el dinero, sobre todo los fines de semana cuando la cerveza asciende a veinticinco o treinta pesos.
Polenta de domingo con queso rallado y caldo en polvo. La medida que indica el paquete nunca corresponde con el vacío que representa mi hambre.
Yo me pregunto si la polenta del primero podría ser producto de la polenta del segundo párrafo.
Es mi mayor deseo, a eso le rezo.
Share/Bookmark

Ochenta y uno: Si la vida fuera este continuo amanecer

Si la vida fuera este continuo acostarse de día después de asistir a bailes eufóricos, yo me quedaría a vivir en la vida sin ninguna clase de espasmos depresivos ni suicidas.
No es que ciertamente no lo sea, sino que todo es finito y qué es un fin de semana en una vida tan de 365 días repetidos hasta el hartazgo.
Y cuando parecía que la resaca del día anterior, no iba a permitir abordar la calle invernal sin sentir la tentación de volver al refugio cálido de la cama con plumón, el autorescate fue salir. Ir al mismo sitio que el día anterior, con el cuerpo semidestruido, el cerebro semiquemado y las ganas intactas.
Lo invariable, increíblemente, eran las ganas.
Bailamos como otrora, reímos como otrora, bebimos como otrora. El incansable encanto de la noche que es una fuga, que es un quedarse vibrando en una nota que, por momentos, parece eterna.
Y ni siquiera es lamentable confirmar que no, que todo termina, pero que todo termina con un sanguche de milanesa cuadrada en un puesto en una plaza, rodeada de hambrientos animales humanoides.
Nunca me habían convidado una aceituna embebida en martini. Yo tranquilamente podría ser esa aceituna embriagante, si la vida fuera este continuo amanecer.
Share/Bookmark

sábado, 4 de junio de 2011

Ochenta: Que no se termine nunca

Anoche o quizás hoy pero tempranísimo, en ese margen en el que la gente duerme.
Primero, nos llenamos de adrenalina. Luego yo estaba con el bodrio de llevar tres prendas a cuestas, la cámara, la plata, las llaves y algún bollo de algo. No me dejaba bailar el tumulto de cosas bajo el brazo. Primero al piso, luego a una barra, luego al olvido. Y bailar, con algunos que otros merodeadores más o menos alegres, más o menos densos, más o menos preguntadores de nombres.
El dj debe estar por los cincuenta y tiene el pelo blanco y panza y nunca mira para levantarle el pulgar en gesto de agradecimiento total (ese gracias totales se resume en dos pulgares alzados sobre la muchedumbre).
Tomé una cantidad incontable pero el efecto del alcohol se digería bien con el agolpe del pogo casi como un continuum de energía colectiva vibratoria. Andar suelta es andar libre, sacudirse como se sacuden los líderes de algunas bandas más o menos rockeras.
No quería que el tiempo nos llegara, la mañana nos expulsara del paraíso con la cara de un par de patovicas buena onda que, no obstante, insinúan cara de perro. Estaba como niña en un cumpleaños feliz.
Afuera, un grupo de extranjeros, unas conversaciones en fluido inglés que de repente advienen como por arte de magia. Subirnos a un auto, algunas paradas para mear en los árboles y comprar una docena y media de medialunas para cuatro. Engullirse cuatro o cinco, meterse en la cama, pese a todo, hundirse para soñar el primer verso de un poema: "la soledad bajo el puente". La mañana se transparentó como si nada.
Share/Bookmark

jueves, 2 de junio de 2011

Setenta y nueve: Let me alone

Ahora que me prestan el yamaha. Atravesé a toda velocidad la mitad de la ciudad para introducirme feliz en el yamaha. El yamaha con el que sueño seguido. El yamaha que yo no podría comprarme pero que podría robarme casi sutilmente, arrastrándolo por la diagonal setentaytrés hasta mi casa. Y no, justo van a caer más temprano de lo que acostumbran para interponerse entre el yamaha y yo, para impedir "sin querer" una improvisación que me viene alegre a las manos, justo van a acercarse diciendo "no te quería interrumpir..." pero ya me interrumpiste, sabelo, sí, me cortaste la onda y, entretanto, dándome charla, una charla casi obscena ante la posibilidad real del yamaha hasta que van cayendo los otros a terminar de interrumpir toda la cosa que se me venía en cascada que no era más que un arpegio estándar pero qué me importaba a mí si el yamaha.
Share/Bookmark

miércoles, 1 de junio de 2011

Setenta y ocho: Orejón

Hoy volví a comer un orejón después de no me acuerdo cuántos años. Supe sentir adicción por esas cosas cuando niña. Rompía las bolsas apenas salíamos del supermercado con mi madre y saboreaba los orejones hasta que se ablandaban por completo en la boca.
Hoy salí de la dietética, caminé dos cuadras y rompí la bolsa y me puse uno en la cavidad de la boca. Y fue una hostia. Se me pegó en el paladar. Y fue sagrado. Fue abismal el placer. Y me mantuve así, caminando con el orejón pegado al paladar degradándose con mi saliva tan despacito. Y evité saludar a los vecinos. Estaba realmente imposibilitada porque el orejón ocupaba toda la boca. Porque el placer era muy grande. Porque era niña de nuevo.

Share/Bookmark