Pienso si en dinamarca habrá carteras.
sábado, 7 de mayo de 2011
Cincuenta y dos: Cartera
En bici me alcanza un cartero de correo argentino que me propone hacer una carrera hasta la esquina. Bici contra bici. Su bicicleta es mejor que la mía, tiene las ruedas más grandes y fluye mejor con el pedaleo. Me niego porque sé que no tengo chance de ganar y no me gusta no ganar. Pero sigo al lado de él, sigo un poco más, tres cuadras, y le digo si yo podría ser cartera. Y él me dice que no hay carteras, que solo hay carteros. Pero también dice que debería haber carteras, ¿por qué no, si en definitiva es lo mismo? Y entonces yo insisto que me encantaría entregar correspondencia y él me dice que no me ilusione, que los jefes son bien machistas y me contratarían para secretaria a lo sumo.
jueves, 5 de mayo de 2011
Cincuenta y uno: Free day
Me cancelaron la reunión, luego me cancelaron la otra reunión, luego tuve una reunión y no hice nada, luego fui a un ensayo y ensayé y fue la primera vez que salía en el día porque el resto del tiempo estuve despeinadísima, crota, muy crota, con cara de dormida todo el día, con cara de no me muevo de aquí, que me lleven en tren, que me lleven en tren. Y cuando salí vi todas las luces raras. Ya era de noche y yo veía las luces con halos gigantes, no veía bien, no entendía bien el mundo fuera del departamento hasta que estuve por llegar al ensayo y ahí empecé a sentir el mundo, el frío del mundo inmundo y me metí pronto en la sala y en la sala estaban mis compañeros y nos masajeamos porque así lo dijo el profesor y nos masajeamos para poder cantar mejor y cantamos mal pero el mundo ya se me había olvidado de todos modos, lo único que había allí eran ventanas que daban al mundo, ventanas de negro azabache.

Cincuenta y uno: Free day
miércoles, 4 de mayo de 2011
Cincuenta: Paradoja del mundo cotidiano
Hace ya algún tiempo que observo sorprendida el crecimiento descomunal de centros de depilación. Se blanqueó la cuestión. Ahora las mujeres "tradicionales" y afines, optan por hacer pública (pero no personal) la cuestión depilatoria. Ahora cierto cúmulo de gente invierte cotidianamente para estar lampiña y tener la piel suave como dove.
Del otro lado, los hombres "tradicionales" y afines, se ponen pelo. También me sorprende el crecimiento descomunal de centros de recuperación capilar (por ser sutiles, lo llaman así). Estos invierten grandes cantidades de dinero para peinarse el flequillo o hacerse un jopo estilo elvis.
De un lado, el no-pelo. Del otro, el pro-pelo. Y el pelo, en el medio, se vuelve el atributo diferencial del género plástico. Ya no más: "pollas", "pitos", "falos", Freud. Ahora, pelos.
Cincuenta: Paradoja del mundo cotidiano
martes, 3 de mayo de 2011
Cuarenta y nueve: La siesta
El mejor correlato de levantarse a las seis menos cuarto de la mañana es la autoobligación de dormir la siesta. Siesta que es siempre la posibilidad probable de prorrogar indeterminadamente el despertar. Siesta que es un manjar, un sopor alucinógeno, un calor de estufa hogar.

Más aún la siesta del otoño, cuando el frío comienza a pinchar el cuerpo por todos lados, la siesta del otoño revive la última calidez de la que se tenga conciencia.
Hay pueblos que bien saben todo esto. Allí, es casi legal pasar por la cama pasado el mediodía. O más bien, es casi ilegal no hacerlo.
Recuerdo que cuando viví en uno de estos lugares, luego del colegio, me tiraba en la cama con la resolana líquida derritiéndose variablemente sobre el cuerpo. Dormir la siesta al sol de esa ventana es lo que extraño. La ventana sigue estando ahí, lo único que falta soy yo.
Cuarenta y nueve: La siesta
Cuarenta y ocho: Con los escolares
Está bueno volver a la escuela. Volver y ser grande. Y hacer lo que uno siempre ha querido que hagan con uno. Aunque salga mal. Aunque el deseo no tenga quorum. Es una venganza al pasado. Es una redención, en cierto sentido. Porque, por más de que las cosas no me salgan bien, soy sincera. O sea, asesino la hipocresía de tantos docentes. Y me doy el gusto de entrar a la escuela con dos piercings bien incrustados en mi cuerpo y un corte de pelo contrainstitucional. Mirá, te digo, que con eso me basta y me sobra.

Lo otro es como un camino de infinitas posibilidades. Un camino por trazar.
Cierro la puerta del aula y son brillantes los ojos que me miran como si fuera a decirles una profecía. Eso asusta, pero también es exquisito humanizarse. Decir: Hola, qué tal? Soy un ser humano y, además, vengo a darles clases. Perfecto. Es un buen comienzo, aunque todavía no me crean. Creo que eso es lo más punk que he dicho.
Cuarenta y ocho: Con los escolares
domingo, 1 de mayo de 2011
Cuarenta y siete: Los domingos lúcidos
A veces festejo la lucidez. A veces la lucidez es insoportable.

Los domingos el tiempo trabaja mi lucidez. Y la lucidez aniquila la fantasía. Y la fantasía me daba de comer. Entonces, los domingos muero de hambre. De un hambre particular que se tiene con el estómago lleno.
Una dosis fuerte de lucidez, una dosis fuerte de domingo frío de encierro. Una preparación psicológica para el destierro de la tierra de nunca jamás. Un desgaste energético, fuerte, duro, muy duro.
Porque el capricho, la obstinación por la fantasía tiene que acabar en algo. Y eso, por lo general, sucede un domingo por la noche.
Cuarenta y siete: Los domingos lúcidos
Cuarenta y seis: Otoño para dominguear
Se armó quilombo de hojas en la vereda. En la vereda no hay nadie, sólo un montón de hojas crujientes como tostadas. El otoño es para hacerse oso de peluche. Me crucé con un perro. Era feliz en su pelaje. Yo me voy a dejar crecer los pelos para ser feliz en el otoño del año que viene. El otoño es un invento pero existe. Yo adhiero al otoño siempre y cuando haya cobija, estufita, osito, sopita. Sí. No es fácil. Ni te digo el invierno. El invierno ya es too much. Me imagino la gente que vive en la punta de este país. La punta de abajo. Se debe estar haciendo escarcha su baba. Te debés quedar adherido al caño metálico de los colectivos. Me imagino a la gente acercándose para tocarse, para sentir el vaporcito que largan los otros.

El otoño está incontenible allí afuera. Es hermoso mirarlo por la ventana y estar a salvo. A salvo del frío del viento de las chispitas de agua.
Cuarenta y seis: Otoño para dominguear
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