miércoles, 6 de abril de 2011

Veintidós: María Rosa

Tomarse el 202 te lleva a La Escuela. En La Escuela, de noche, tenemos una compañera ciega. Decir "no vidente" no cambia las cosas. Tuvimos también un falso compañero hoy. Pero eso fue ocasional y ojalá nunca se repita porque es de los que hablan todo el tiempo queriendo decir algo que nunca es la respuesta acertada. Pero no es de él de quien quiero hablar.
María Rosa se llama. El padre la acompañó el primer día. Le anotaba lo de los tiempos y las escalas. Pero hoy se animó sola y cayó con su máquina Braille. Su máquina tenía un ritmo. María Rosa hacía un ritmo con su máquina, pero ese no era el ritmo válido. María Rosa no puede leer con sus manos y aplaudir al mismo tiempo el ritmo propuesto por la profesora. Y es raro. La música es su lenguaje. También el tacto. Ella tendría toda la autoridad para imponer su ritmo. El ritmo de su máquina, el ritmo de esa escritura.
María Rosa es una espalda, a veces es un tres cuartos perfil, pero casi siempre es una espalda que cubre la máquina. No le conozco la voz. Ella no habla. Nadie le habla. Yo no le hablo. No sé hablar sin mirar a los ojos. Pero nunca le he visto los ojos. Soy un prejuicio.
María Rosa es una isla en su máquina. La imagino imaginándonos como grupos de manos palmeando. Como voces cantando, desafinando. Estamos hechos de música. María Rosa, nos hace de música.

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martes, 5 de abril de 2011

Veintiuno: Silvia

Silvia dice que está barato el tetra de Ades saborizada. Dice que le salió seis pesos. Le digo que no sé si es barato. Ella se queda. Traté de arruinarle su alegría con mi supuesta lucidez. Me doy cuenta. Sí, es barato, le digo. (¿Le digo sí como a los locos?) Ella empieza a hablar del Romero. Y le digo si es libre. Ella repite libre. Dice que ha estado enferma. Pensar en la enfermedad no cura. Eso dice. Dice que el encierro en el Romero. Eso no cura. Dice que ella no tiene pareja. Que no le importa. Que en el Romero los hombres son asquerosos. Dice algo de estados unidos. Dice que cuando la vean en la tele en estados unidos. Y le pregunto por qué estados unidos. Y dice porque me hicieron un reportaje en la tele. Feliz. Dice que tiene 47 años. Y que está bien. Dice que vino a ver a su amigo, el vidriero y chupa Ades con la pajita.
Los ojos siempre abiertos. Nunca vi una cara que se pareciera tanto a la libertad, ni tanta luz.

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Veinte: Me caí y me levanté

Hay días pésimos. Hay horas pésimas. ¿Qué sería de las horas lindas sin las horas pésimas?
Es una reflexión curita. El espantapájaros ha muerto. Dios no existe. La revolución es una creencia infame. A veces.
Horas después de las pésimas, a 8 kilómetros de casa, aplaudo el tiempo y la división del tiempo. Me parece tan absurdo que me hace feliz. Canto un reloj que dice do re mi fa sol la si do. Aplaudimos el tiempo. Repetimos la escala. Soy suprimida del mundo en un aula nocturna llena de gente noctámbula. Nos da gracia todo. No nos sale nada.
Dios no existe, pero al menos la música. El tiempo, entonces, el aplauso, el paso. La fe de nuevo.


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domingo, 3 de abril de 2011

Diecinueve: Seudónimo

Los poetas que usan seudónimo y los que usan heterónimo me confunden. Algunos me han hecho gustar de ellos por mérito de acabadas letras y delirantes planteos, pero eso no me quita confusión
Cuando en la feria de libros, cuyas siglas son homónimas al apócope de familia, me alcé con un libro, el vendedor me dijo si yo conocía al poeta. Y le dije no. Y me dijo es el seudónimo de... Y le dije tampoco lo conozco. Y le pregunté si ese nombre era el seudónimo de otro, a su vez. Y me dijo no. Y se río. Se le aflojó el interés también con una risita de aflojar todo. Hasta los dedos del pie.
Pero este poeta de seudónimo, del cual yo ya había tenido información (según supe más tarde), no dejó de parecerme tan confuso después de todo. Volvería a comprar otro libro sin saber de él.

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Dieciocho: Juego de azar

Un carro. Una amiga arriba de un carro. Un carro de supermercado. Un paseo nocturno en el carro. Un saludo ondulante de princesa en fiesta popular. Un cráter en la vereda. Un estancamiento del carro. Un auto lleno de tipos que bajan el vidrio. Un tipo que grita algo. Un grupo de tipos que quiere sumarse a la película. Un improperio de mi boca. Una amiga que se baja del carro porque el auto con tipos nos sigue al lado. Un auto que se va. Un carro que se encuentra con nuestros amigos. Un carro que se ata con una bolsa a un poste.
Tres horas después. Un carro que no está en el poste. Quince minutos después. Un carro cautivo detrás del vidrio de un hall de un edificio de un barrio próximo.

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viernes, 1 de abril de 2011

Diecisiete: El Poeta al lado del Ministro

El bondi que me tomé hoy, después de dejar pasar tres, pudo ser el evento hitero del día, sino hubiese sido por el episodio del ministro sentado al lado del poeta. No me voy a hacer la tonta. Yo ya sé que el poeta no es copado por ser poeta y que los hay que transan y hasta se sientan a comer con los presidentes. Debe ser que a mí no me gustan los funcionarios ni los funcionales. Debe ser que me voy al carajo con la fe en la poesía. Como si la poesía redimiera al poeta. El poeta no debería sentarse al lado del ministro porque eso arruinaría justamente todo su sentido poético. Y esto último es lo que ha pasado. Un poco sí. Y encima el ministro no había leído el libro completo del poeta. Y encima lo dijo. Dijo: "Lo leí a medias". Lo habrá leído EN medias. Porque la poesía no se puede leer a medias. Es estricto. Se lee o no se lee. O bien, se lee en medias.
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Dieciséis: Afilador

Me cuesta atender el timbre. El contexto me ha enseñado que todo puede darse por anticipado. Ahora espero visitas por anticipado. Espero agarrar el celular y saber quién llama. Tengo un timbre sin cámara. Si tuviera cámara estaría todo el día mirando ese canal. Si tuviera tele. Increíblemente atendí, con la osadía de no saber. Afilador. Afilador con flauta. Afilador sin flauta no es afilador. Afilador sin bici no es afilador.
Bajé con el cuchillo más grande que encontré. No sabía como sostenerlo para no amenazar a una potencial involuntaria víctima.
Allí estaba él, montado en su bicicleta afiladora, puesto a sacarle chispas al cuchillo. Le entró a dar. Yo reviví las afiladas del paleolítico. Me avivó. Me dijo que cebolla no. Que el mismo ácido que te hace llorar, le saca el filo al cuchillo. Es decir, digo yo, que el llanto desafila hasta a un cuchillo.


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